martes, 12 de noviembre de 2019

«Tía María no es arequipeña neta», por Milagros Melgar
Fuente: Click

«Tía María no es arequipeña neta», por Milagros Melgar

Escribe: Milagros Melgar

No sé si a mi favor o en contra, tengo una partida que certifica mi nacimiento en el hospital del empleado, ahora Hospital Nacional Carlos Seguín Escobedo, del cercado. No sé si es motivo de orgullo haber nacido en Arequipa, no tenía la necesidad de contarlo, hasta hoy, que quiero deslindar el orgullo del agradecimiento. Es para mí imprescindible dar las gracias porque la naturaleza ha sido, sin duda, generosa con esta parte del mundo. Esta tierra no solo me permitió nacer, sino volver a su seno después de 16 años y darme cobijo, cuidarme y desarrollarme en mi juventud.

Es motivo de agradecerle, digo, porque además de la buena comida y la música envolvente de Los Dávalos, encontré mil alegrías universitarias, el temple inspirador y el valiente avance de muchas personas, algunos, amigos entrañables e inolvidables. A ellos, y a quienes como ellos sienten verdadero agradecimiento y respeto a la tierra que los acoge, a los que saben agradecer por su trabajo, por la grandeza de su tierra ganadera, agrícola, por la tenacidad de levantarse cada día pese a las dificultades sociales, por la sapiencia y voluntad de surgir en todos los ámbitos posibles sin pisotear a nadie, de defender su valle de Tambo —su fuente primigenia sostenible de producción alimenticia—, a quienes no denigran ni menosprecian la cultura de su gente mestiza, brillante, perfeccionista —fuente humana inacabable de desarrollo de la región—, a ellos les deseo felices fiestas.

Pero decía que no sé si sentir orgullo de haber nacido aquí, porque el significado de esa palabra se ha tergiversado: son muchos arequipeños que por estos días, en su peor versión, muy sangre azules, muy Ku Klux Klan, blanquísimos de piel (o mente) como el sillar, andan alabando su genética, andan alabando su genética y su privilegiada condición de ccalas,  y despreciando mi color de piel chocorosí.

Tristemente creo que lo del orgullo arequipeño es sinónimo de discriminación, sentirse superior a las personas de otros lugares, con el derecho a despreciarlas y humillarlas; es preocupante su uso libertino, cínico y, lo peor, endémico.
Es seguro que no me consideran neta arequipeña, porque de pronto nacer y vivir aquí no es suficiente, sino haber pertenecido a un colegio determinado, a un grupito farándula o tener abuelos, bisabuelos arequipeños netos. Tontos. No veo la necesidad de explicar a cada quien que también mis bisabuelos paternos nacieron aquí, o de presentarme con mi apellido, Melgar, como el del ilustre Mariano, porque siempre la exclusión se impone cuando no niegas que también eres de Puno, mi tierra, la que me vio crecer y me alimentó el alma de todo lo que soy.

Ser puneño-arequipeña al llegar agosto en Arequipa siempre es doloroso: la violencia discriminatoria se desata vertiginosa en contra de todos nosotros, los puneños y eso que llaman orgullo arequipeño, que debiera estar en mí, llega únicamente a representar una monumental vergüenza. A veces no puedo con tanta bajeza, a todos esos personajillos elitistas, los arequipeñísimos y «netos» hijos de la Blanca Ciudad, se les puede recomendar rearmar el KKK, versión loncca para quedarse en el ridículo al que veneran, regresionados al siglo XIX, apoyados de crónicas rancias y sepultados en la nostalgia de haber sido República Independiente por siempre jamás.

¡Cómo sentir el mismo «orgullo» de estos paisanos míos!, si apoyan la involución del pensamiento social: ayer nomás los blanquiñosos, salían enaltecidos, embravecidos para pedir «la paz», ignorando la preocupación de miles de agricultores en el Valle de Tambo, burlándose de su lucha e insultando nuevamente a la gente que está apoyando el paro contra Tía María, los «cholos de mierda, los puneños del cono norte, invasores, sucios, vándalos, delincuentes», sin saber que la guerra no es entre nosotros sino contra los que armaron esa payasada, la empresa Southern, curiosamente.

Es cierto que hay mano negra en todos los movimientos sociales, infiltrados, traidores, y muy probablemente sean arequipeños, puneños, limeños y de todas las clases sociales. No es cuestión del gentilicio la cabeza de pollo y el alma de excremento, pero, vamos, si hablar de «orgullo» o de «vergüenza» se trata, no seamos exclusivos.

«No se nace en vano a los pies de un volcán», dice la manoseada frase de Jorge Polar Vargas. Que no sea en vano, entonces. Exijan justicia con carácter telúrico a quienes se deba exigir. Infórmense de cuánto costará a Arequipa, no sólo en cuestión financiera albergar a Tía María, sino en cuestión de sostenibilidad y qué dejará la extracción de los minerales en uno de los valles más bellos y productivos del Perú, si no es de manera cuidadosa y responsable (situación que no está actualmente asegurada). No vayan a lamentarse unos años más tarde por estar de simples espectadores de empresas ladronas, dedicándose a inflar su orgullo a costa de discriminar a su propia gente.

Lo más sensato, es entender que nacer, vivir y/o trabajar en y por esta tierra le da a cualquier persona el derecho (pasaporte único) para ser un arequipeño neto.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.