domingo, 16 de diciembre de 2018

«Petrovich»

«Petrovich»
Fuente: Milagros Melgar

«Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma»

Julio Cortázar

Llegó una carta de Mariana. Es más bien una nota que dejó antes de morir. Unas líneas que me dedicó antes de irse de este mundo. Sentí un infinito desdén al recibirla. Albergué rabia cuando empecé a leerla, y reviví mi odio hacia ella cuando leí la posdata, esta era una petición, un último deseo, como si pudiera prolongar su existencia al obligarme a realizar tal hazaña. Es obvio que estaba más loca que cuando la conocí. Me invadió repentinamente un sentimiento de lástima al saberla tan absurda como para que haya decidido elegirme precisamente a mí para protagonista de sus alucinaciones. Ella estaba segura de que yo las cumpliría a pesar de mí, de mi esposa, de todos.

Me aplasté en el sillón y la carta resbaló de entre mis manos a la par que una gota de sudor recorrió fría mi frente, no sé si fue el temor de entrar en este juego, o el hecho de consentirme, otra vez, derrotado ante ella, una mujer devorada ya por los primeros gusanos, saciados de su piel y sus músculos perfectos.

Querido Marco, no debiera pedirte más desde que te dejé aquél día con la mano extendida y evitar con mi NO, la oportunidad de estar juntos, pero habría hecho tu vida desgraciada. Viste que después me metí con un bueno para nada y pagué los platos rotos. Pienso desde mi lecho de agonía que fue el destino que elegí, quizá por Mijail, mi hijo, y al único que debo proteger incluso después de muerta, por eso acudo a ti para hacer algo que no pude por temor, pánico al infeliz de mi esposo, no sabes cuán desprotegida me he sentido, y cuántas veces he querido buscarte, pero te habías casado y eso complicaba la situación.

Creo que hasta ahora y después de todo fui respetuosa con tu nueva familia. Sabía que no eras del todo feliz, pero también sabía que merecías la tranquilidad y el goce de estar en paz. Lamento que ahora eso vaya alterarse, querido, pues debo decirte algo importante: Mijail es tu hijo. Lo sé. Quizá no me creas, pero en verdad, una mujer con cáncer, en cuenta regresiva a la muerte, no puede mentir de esta manera. Es tu hijo y debes probarlo para defenderlo y protegerlo como, estoy segura, solo tú sabes hacer y si aún te queda algo de compasión por mí, perdonarme por las mentiras, por esta vida, y por no aprender a redactar una carta.

Tuya siempre,

Mariana

P.D. ¿Recuerdas nuestro primer beso? Te adjunto un mapa para llegar a la tumba de Petrovich, en ella hallarás unos papeles que te ayudarán a demostrar que eres el padre de Mijail.

Mijail no era mi hijo, ella estaba mintiendo, sí, aún en su lecho de muerte, la imagino agonizante y manipuladora, astuta hasta con las horas contadas. Quería alejar a su hijo del acaudalado de su padre y la razón era una incógnita para mí, una poderosa razón que sólo ella sabía y se llevó a la tumba.

Maldita Mariana, ¿por qué me haces esto?

No me sorprende su manera de regresar, así, sin más, me lanza la bomba de que ahora soy padre. Son veinte años que, en el supuesto caso, no disfruté de un hijo que me hubiera vuelto loco tener, por abrazarlo, verlo crecer y enseñarle un poco de esta vida, por sentirme papá cuando oiga su voz, vea su risa, un hijo mío y de ella. ¡No puedo creer, Mariana, el dolor que me causas! Porque sé que es mentira, tú sigues vendiéndome ilusiones y yo sigo fabricando todos estos porqués. Sacudo mi cabeza y digo ¡no!, toda esta náusea que siento es producto de tu egoísmo infinito que no muere contigo, que queda perenne para hacerme sufrir una vez más. ¿Me dices que tuviste consideración al no buscarme?, en estos largos veinte años que con migajas de lo que me dejaste —todos esos sentimientos que nunca dejaron de patearme el pecho— siempre te esperé en secreto. Mariana, yo quedé enamorado de tu belleza, tan espléndida como tu frivolidad y aunque nunca pude entenderte totalmente, también asimilé tus imperfecciones. Quedar así fue una maldición, pues a cambio recibo esta miseria de carta en la que veo que nunca aprendiste siquiera a pedir “por favor”, así sin más llega a mi casa, a miles de kilómetros del Perú, tarde y con ultimada prisa; cuántas veces soñé ver tu silueta de pronto en mi puerta, pidiendo volver a mí, yo lo habría dejado todo, sabías que yo lo hubiera hecho, ¿verdad? ¡Lo sabías, ingrata! Y nunca lo hiciste, y hablas de tranquilidad y paz. ¿Qué paz?, si eres el infierno para mí. Viva o muerta sigues siendo lo peor de mi vida, y también lo mejor. Cuánto duele la ironía, Mariana. ¡Tú dueles tanto!

Después de la misiva y todo su poder, no sé cuánto tiempo me eché a llorar con ira y amargura destapadas, con ganas de revivirla sólo unos segundos para matarla con mis manos, herirla como nunca se ha podido en este mundo. Sus letras indignas me removieron desde lo más profundo. Siento que mi cuerpo entero no me alberga. Es mi alma explotando, queriendo dejarme. No puedo resistir tanta pena. Me quedo dormido y despierto con la agria sensación de estar besando sus labios muertos, agotado y lacerado como si me hubieran quemado.

El cementerio Laykakota en Puno es un espacio sosegado, más que otros cementerios que he visitado. Tiene la magia de un jardín marchito. Las raíces de aquellas flores en cada nicho parecieran estar ancladas en el corazón mismo de sus difuntos, en la materia seca y disminuida de quienes en vida fueron los célebres, los caídos, los pudientes y los miserables. Aquí todos son iguales. Todos yacen sin que las diferencias de un mausoleo edificado o un simple espacio en la tierra puedan hacer alarde de sus extintos cuerpos. Quedó el nombre, eso es todo y pensándolo bien, es nada.

No busco a Mariana, por supuesto. Lo último que quiero es encontrarme con su nombre en un nicho; busco, sin embargo, a otro difunto: Petrovich, testigo, veinte años atrás del primer beso que le di a Mariana. Me siento ridículo con un mapa hecho a mano, jugando a no perderme en el laberinto de un cementerio y, ¿para qué?, para encontrar inciertos papeles de una loca que, además, ya está muerta, y cumplir su última ambición. Debo reconocer que la astucia de mi difunta amada de recordar algunos detalles como lo de Petrovich, fue muy conveniente, sabía que fetichista como yo, ninguno, que la curiosidad y el afán de acercarla a mí una vez más, harían que comprara el primer boleto de avión de Praga al Perú para coincidir con ella o con lo que representaba al fin.

¡Voilá!, te encontré, Petrovich. La tumba está vacía, no tiene flores, ni jarrones, ni documentos. ¿Sabes? Ella había mencionado lo del primer beso, pero había obviado que también aquí fue el último. Fue en este lugar que le pedí hacer una vida conmigo, extendiendo mi mano, ella no la tomó, me dijo que nuestro amor tenía que morir donde había nacido, entre estos espíritus sedientos de un alma, que no me acercara a ella a menos que me lo pidiera, mientras yo me retorcía de dolor, de amor. Y con los años posteriores seguí muriendo de olvido. Ahora estoy viviendo el mismo ciclo, mi escondida esperanza de tener algo de ella me trajo hasta aquí. Dime, Petrovich, ¿es justo todo esto?, ¿no encontrar nada más que recuerdos?

—¿Papá? —alguien detrás me palmotea el hombro. Volteo y ver al muchacho, quedo pasmado. Me sonríe y no tengo palabras. Examino sus ojos, sus dientes, la barbilla. Estoy desvariando, pues toda noción del tiempo se va de mí, enfrente me veo reflejado en aquél rostro. Me quedo anclado en medio de un disco que gira. Apenas puedo respirar. Hago el esfuerzo por sobreponerme. Alcanzo hacer una venia con la cabeza y una mueca como amago de sonrisa, no puedo más y me desvanezco.

Lo demás pasa en cámara lenta. Es la película de mi vida extinguiéndose camino al hospital. El muchacho se ve desesperado, las voces las oigo lejanas, me suben a camillas, me ponen collarines, ingresan con mi cuerpo moribundo a una ambulancia y luego me bajan y me trasladan de una sala a otra dentro ya de un nosocomio de paredes amarillas. Estoy consciente de todo, pero no puedo moverme. Dicen que es un infarto. Yo no sé qué le pasó a mi corazón aquél instante. Petrovich lo debe saber.

Las horas son interminables y ahora ya no puedo abrir los ojos además de mi incapacidad de mover un sólo músculo. Eso sí, escucho la voz del muchacho más clara, y siento que fuera la mía. Me encuentro en la entonación, la forma y hasta en el contenido. Es un tipo noble Mijail, me carcome la ansiedad de abrir una vez más los ojos y verlo, aunque sea un minuto.

Han pasado meses o semanas, años, no lo sé, Mariana, no puedo contar, me da miedo perder la conciencia porque siento que me nublaré para siempre. Yo no sé de diagnósticos médicos, pero puedo oírlos y saber qué pasa a mi alrededor. Es desesperante estar atrapado en una cárcel que es mi propio cuerpo. Me da pánico la determinación de las juntas médicas que recientemente andan alborotadas por mi caso. Al fin el médico dice que es muy probable que no revierta del coma y están haciendo papeleos para donar mis órganos. ¿A esto vine Mariana?, ¿a rifar mis vísceras? En la dimensión que estés haz algo. Tu energía pavorosa no pudo desaparecer con tu muerte.

Entiendo ahora mi temor, no me importaría morir si no sintiera esta horrible ansiedad cuando siento el llanto del muchacho. Parece que sacudiera el origen mismo de mi alma. Hay un lazo que nos une, es como una luz imperceptible que va saliendo desde mi pecho hasta el suyo. Esa luz me permite consolarle. Por medio de ella le animo, le acaricio. Entonces se seca las lágrimas y me besa la frente. Me pide que despierte y yo, Mariana, no sabes cuánto deseo despertar.

No me lleves hacia ti, grandísimo fue tu egoísmo. Después de todo lo que provocaste, ¿ahora voy a morir en Puno?, ¿junto a ti? Qué astucia la tuya, pero sabes, no esta vez. Me siento fortalecido como un toro, nace dentro mío la bravura por vivir unos años más y mi deseo se hace imprescindible, entonces voy sintiendo un hormigueo previo a la más grande magia de vida y de amor que pude experimentar. Abro los ojos y al ver al muchacho no tengo nada que dudar, probar o exigir.

—¡Hijo! —explota mi alma, y nos fundimos en un abrazo eterno de felicidad después de tanta espera.

Redeacción y fotografía: Milagros Melgar.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.