Jueves, 17 de Agosto de 2017

Opinión | Sobre la terrorización de la protesta, por Fabio V. Figueroa

Colmunista: Fabio Venero [Arroba Noticias]

La mayoría de los derechos civiles de los que usted y nosotros gozamos hoy en día son fruto del esfuerzo de las luchas sociales. Nadie nos los ha regalado: la libertad individual, la educación gratuita, la jornada de ocho horas, el derecho a un seguro social, el sufragio femenino; todos fueron en diferentes momentos de la historia el dolor de cabeza de los gobernantes de turno, quienes se vieron obligados a otorgar forzosamente esas concesiones para evitar que el pueblo entero se les viniera encima y acabara con ellos, como hubiera exigido el curso natural de la historia. Entonces, ¿por qué en la actualidad los medios periodísticos y la opinión pública acostumbran a criminalizar la protesta de virtualmente cualquier gremio de la sociedad civil que se levanta en pie de lucha? Estudiantes, comuneros campesinos, sindicatos de trabajadores; todos se hacen acreedores del amplio elenco de adjetivos que les dedican los cómodos y aburguesados seres urbanos desde su departamento con aire acondicionado en algún distrito bien: revoltosos, vagos, ignorantes, todo-lo-quieren-gratis, y en última instancia —por no hablar ya del trillado cholos—, terroristas.

Notable protagonismo han tenido los gremios estudiantiles de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, quienes junto a otros colectivos, desde épocas inmemoriales lideran la defensa de la libertad, la democracia, la gratuidad de la enseñanza, entre otros muchos pilares que conforman su incansable y eterna lucha. Prueba de ello es que han sido censurados por todas las dictaduras del siglo XX. Sin embargo, esa gesta epopéyica experimentó una época de oscuridad mientras el Perú entero temblaba paralizado por el auge del terrorismo. Durante los años ochenta y noventa, paralelamente a todos los clamores en contra de la dictadura de Fujimori, se entreveraron y confundieron las apologías a cierto caudillo endiosado que pretendía alcanzar el poder subiendo por una escalera hecha de un millón de muertos. Luego, a las universidades entró el Ejército, y agarró aparentemente a todos los subversivos. Aparentemente.

Lo dicho hasta aquí es historia, no sorprende a nadie. Lo que sí asombra y no deja de generar controversia es que en San Marcos, la universidad nacional más nacional que hay, la que más ha contribuido con las causas populares de la historia del Perú, cantera inagotable de juventudes contestatarias y rebeldes; subsisten hasta hoy los rezagos de algunos de esos elementos negativos y distorsionados —por decirlo suavemente— de esas luchas sociales. San Marcos es, innegablemente, la guardería de la nueva izquierda, de la futura izquierda. En sus pasillos discurren cúmulos de estudiantes que discuten en voz alta y acaloradamente sobre la vigencia del marxismo, la eficiencia del maoísmo, las falacias del trotskismo. En San Marcos se han refugiado ideológicamente muchos de los cuadros políticos de lo que va a ser la izquierda peruana en diez años. En San Marcos se sienten fuertes: ahí los liberales y socialdemócratas son los excluídos, no los rojos. En San Marcos se sienten libres, pueden manifestar sus más inconfesables simpatías y afinidades políticas: nadie los juzga, hasta los aplauden. En San Marcos podemos ser todo lo rojos que queramos.

Pero tan solo basta que pongamos un pie en la calle para que toda esa fantasía comunista se esfume con desilusionante inmediatez al confrontarse con la realidad. Los jóvenes caemos en la cuenta de que el radicalismo que algunos ensalzan apasionadamente desde hace generaciones campus adentro, fue en realidad la razón por la cual hoy en día la gente los censura con estremecimiento y espanto: sus ojos evocan imágenes de terror y destrucción en las portadas de los periódicos todos los días, en sus oídos resuenan ecos de lejanas explosiones que dejan sin luz de nuevo a la claridad de su mente, reavivando el trauma. Los jóvenes estudiantes no lo hemos vivido, somos la generación post-guerra. Algunos han leído mucho al respecto, han estudiado a fonto las causas y consecuencias políticas y económicas de la lucha armada, pero la prosa no alcanza a igualar el vértigo de buscar entre los escombros de un edificio atacado los restos de un familiar o amigo, la desesperación de no saber si su nombre se contará en el listado de víctimas del día siguiente. Ignoran y desmerecen lo que es sentir en carne propia el fragor de una guerra fanática y encontrarse del lado de los que siempre son los mayores perdedores en cualquier guerra: los inocentes, los que están en medio del fuego cruzado. Cuando el autor de esta columna ingresó a San Marcos, sentía un ingenuo miedo de dejarse torcer el criterio hacia convicciones más extremistas. Hoy más bien teme que el roce cotidiano con esos elementos de ímpetu demoledor y conversación imposible termine por alejarlo definitivamente de la izquierda maleada y hasta de cualquier izquierda: ellos tratan de convencerse de que la única que vale es aquella que cobrará con intereses su deuda de sangre burguesa, en la siguiente revolución armada, que cada vez está más próxima pero que no tiene cuándo llegar.

Es innegable la existencia de focos de subversión que brillan aún con tenue y melancólico patetismo dentro de la Decana de América; tal es el caso del Movadef. Evocan con nostalgia las razones, justas a su entender, que llevaron a un catedrático de filosofía de mediana categoría y cuestionable salud mental, a instigar la insurrección general del pueblo oprimido en contra de sus autoridades burguesas. Pero más innegable todavía es la apremiante necesidad social que existe de extirpar estos elementos de la primera universidad pública del país, y de todos los lugares donde aún subsistan. No porque constituyan actualmente riesgo alguno; uno de los méritos destacables del fujimorismo —si cabe reconocérsele algún mérito—, es haber conseguido, sin proponérselo, a punta de psicosociales desarrollar en la mayoría de peruanos un miedo instintivo hacia los extremismos políticos. Si a las grandes multitudes no les alcanza la voluntad intelectual para comprender las razones que provocaron el conflicto, por lo menos la mafia naranja apeló a la psicología de masas para condicionar en ellos un miedo y curarnos para siempre de luminosos senderos. No hay mal que por bien no venga, dicen.

De modo que la urgencia no yace en el peligro; que no suponen ninguno. Pero nos parece un insulto a la memoria nacional, un escupitajo lanzado encima de todos los muertos que cargamos con dolor en nuestro corazón, y aun más en nuestra conciencia. Y sobre todo, un elemento que distorsiona nuestras luchas legítimas, que confunde al ciudadano de a pie, que lleva a pensar a la multitud incauta que todos los estudiantes universitarios somos terroristas, que todos los sanmarquinos somos terroristas. La culpa es compartida, estimado lector: por otro lado usted y nosotros, la esfera letrada y consciente, tenemos la responsabilidad de reparar las falencias sociales que en aquellos años turbios dieron origen, injustificadamente y todo lo que se quiera decir, a esa orgía de violencia y sangre que representa nuestra peor tragedia nacional hasta ahora. Afortunadamente, gracias al trabajo de muchas instituciones mientras el Ministerio de Educación se duerme en sus laureles, ya casi no hay jóvenes susceptibles de ser fácilmente seducidos por ningún radicalismo. En nombre de la nación, les agradecemos de todo corazón.

El martes veinte de junio se lleva a cabo la primera marcha “En Contra de la nueva Ley Pulpín”. Esperemos que, consecuentemente, esta vez también haya cada vez menos peruanos que sin análisis muy profundos o reflexivos, de un plumazo virtual nos desacrediten junto a todos nuestros reclamos y propósitos sociales bajo el apelativo generalizado y parcialmente inmerecido de terroristas.

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