viernes, 10 de noviembre de 2017

Opinión | Maldita fantasía, por Milagros Melgar
Fuente: Graciela Iturbide

Opinión | Maldita fantasía, por Milagros Melgar

Columnista Milagros Melgar | Arroba Noticias | www.arrobanoticias.pe
Escribe: Milagros Melgar

¿Cuántos quisieran permanecer al borde de sus propios problemas (en gran parte económicos)? Quisiéramos que nos regalen la comida, que nos faciliten un asilo gratuito, que los bancos nos abran deliberadamente los brazos, que nos paguen los deudores, que nos ganemos los viajes; quisiéramos escapar del engranaje estúpido del sistema, de la funesta economía, de la demanda de la sociedad, de la familia, de menganito y zutanita, quisiéramos olvidar que es un zafarrancho sobrevivir con un sueldo ridículo en esta sociedad. Pero, ¿cuántos lo admiten?

El mundo actual, si tuviera un espejo, por hacer una burda comparación, mostraría a la riqueza cual veterana meretriz (sin ánimo de insultar a quien de este oficio vive) vestida de un fraile —incansable de moralizar— golpeando sarcásticamente con un consolador al que agoniza de hambre, esa mano avara que le exige dinero al exprimido es la invasión de la tecnología en su versión perversa y sus ideales estampillas del consumismo; las tarjetas de crédito y la vanidad virtual.

A la par del imperio de la Internet y su penetración en nuestras vidas, está la diseminación de las rutinas de los pobres de mente que, se dejan arrastrar por el negro espejo de una utopía y que generalmente son perfectas presas de la fruslería de las redes sociales. Ya de por sí, la jactancia se hacía legítima en las élites aristócratas hace algunos años, se lucía en revistas y en televisión, pero ahora ha pasado con poderío al libre alcance de todos. Es común verlos pegados a un celular y sonreír a la fantasía, un paralelismo de vida que ocurre tan solo en apariencia. Y hoy en día, se necesita dinero para presumir, he ahí el grandísimo problema.

Para ser parte de cualquier grupo chévere, perdón, no de cualquiera, sino de uno que sea particularmente “bonito”, “elegante”, “resaltante”, “pundonoroso”, es decir casi irreal; los robóticos seres (conectados siempre a un móvil, cargador y además audífonos) están pendientes de gritarle al mundo el dinero que quizás ni tienen, de estar a la moda con ropa de “marca”, y regodearse en su ciego afán por uniformarse como esa multitud “farándula”, tomarse un selfi y creer que su vida y la de su círculo social di-vi-no, son perfectas:

#losmásinteligentesdelauniversidadcarísimayalaquenuncaingresarás,pobrecillo
#losmásdevotosreligiososdelacongregacióndeloshipócritasmojigatosdeSantoJustino
#losmásguaposenlasplayasdeunpaísquenuncaconocerás,serranito

Fuente: Graciela Iturbide

 

Empero, como la vida objetiva no se trata sólo de selfis y búsqueda de aceptación, la crudeza de la realidad, sacude a algunas de estas personas que, para aliviar sus tristezas y depresiones, recurren a los programadores neurolinguísticos (necesitan que éstos les recuerden que todo se puede lograr, que salir de su hoyo les va a costar unas clasecitas de coaching ontológico y que, por supuesto, también se pagan). Así, sin mucho pensarlo, están hundidos hasta el cuello en innecesarias deudas y todo por la torpeza de hacer creer lo que no son y lo que no tienen. Esto me recuerda a Don Pío Baroja que solía decir acerca de la humanidad: “Todo es una farsa y todos son farsantes”.

Finalmente con resignación y poca esperanza en la reversión de este problema, repito lo que dice Marco Aurelio Denegri:

“Desrutinizarse e iniciar el largo y trabajoso proceso de cambio ontológico y transformación existencial, resulta para el hombre común y corriente, es decir, para el 90 por ciento de la población mundial, algo tan escasamente atractivo como pellizcar vidrio”.

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