jueves, 4 de junio de 2020

Injusticia, el pan de cada día, por Milagros Melgar

Injusticia, el pan de cada día, por Milagros Melgar

Pertenecemos a una sociedad ególatra, consumista, nerviosa y desbocada. Cada vez somos peores seres humanos. Emergen de nosotros las actitudes más nocivas como conciudadanos, como trabajadores e incluso como miembros de una familia. Dejamos que la barbarie pulida y lúcida, ingrese fácilmente a nuestro hábito cotidiano y damos paso a que la injusticia que practicamos, se haga lícita, además.

Somos una sociedad que ya no se sorprende por el mar delincuencial —a estas alturas no es sólo una ola, la delincuencia ha sobrepasado todo límite y barrera (si alguna vez hubo)—, tampoco reaccionamos frente a la contaminación exponencial hacia nuestras principales fuentes de vida que son el agua y el aire. Miramos de reojo la violencia y abuso a inocentes y pasamos de largo. No nos hacemos cargo de nuestras responsabilidades básicas. El facilismo se impregna en nuestra piel de paquidermos inconmovibles y permitimos día con día que impere la injusticia de manera tan natural como el pan que desayunamos, nos invade porque la hacemos permisible todos.

Somos sino partícipes, testigos ciegos, encogidos de hombros y con la resignación a cuestas, que a justas penas atinan a mover la cabeza de lado a lado —si aún algo de indignación queda— para lanzar luego «Así son las cosas en nuestro país», legalizando a fuerza de repetir tan solo tal frasecilla, la corrupción, la idiosincrasia fatal que destruye, el retraso, la pobreza y el largo etcétera con el que convivimos.

Nos hemos convertido en seres autómatas y la humanización involuciona. Somos seres ingratos con la tierra, con nuestros congéneres, con la vida, exigimos a todos lo que no damos, y lo que damos se sella con una licencia condicional. Eso sí, peleamos como una horda de primates por temas absurdos. Nos armamos de valor para las venganzas. Traicionamos confianzas. Nos reímos del desvalido.  Gastamos lo que no tenemos y luego robamos de quien lo necesita, luego somos parte de la ironía y reclamamos más hasta exprimir lo que las minorías apenadas ya no pueden gritar. Les quitamos la voz, la vida y perdemos hasta la conciencia por sobrevivir en este laberinto.

Todo esto puede resultar un discurso repetido de resentimiento, pero sería infame no reconocerlo, no decirlo y no recordarlo, y más aún no tenerlo presente para que así, al menos, enfoquemos nuestra mente y nuestras acciones a empezar a cambiar “esas cosas” que están dentro de nosotros, y nosotros somos la parte molecular de un gran país que necesita crecer en educación, cultura y valores.

No deberíamos llamar a la justicia ni clamar a ella si no la practicamos. Por qué no probar a ver qué pasa en el afán de convertirnos en seres humanos a cabalidad para no repetir el círculo –cínico– vicioso que nos ha impuesto el sistema, a ver si reaccionamos, sin esperar que la ciega justicia que lleva la balanza inclinada haga un milagro para revertir la situación. Quizá ser gente ecuánime, incansable, valiente, firme, justa y compasiva evite dejarnos llevar por la estúpida corriente que nos arrastra hacia la escoria.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.