viernes, 16 de noviembre de 2018

«Marcia»

«Marcia»

«O luz lunar, o enferma,
los caballos robados, las fornicaciones
circulan útero marmóreo».

Sylvia Plath

Marcia se levanta antes que el sol en Santiago, prepara comida para su perro y me escribe un mensaje a las nueve —que despierto—, viaja en transporte público, apretada se tambalea entre las personas odoríferas mientras cuida su maletín de cuatro kilos. Pide al chofer detenerse en alguna esquina de Marcavalle y con sus piernas arqueadas cuales tenazas en puntas de tacón se dirige hasta aquí, a su rutina mentecata. Yo no estoy para recibirla, le respondo después de las once preguntándole cómo va todo. Marcia es mi contadora, se encarga de las finanzas de la notaría en su totalidad y de subsanar mis urgencias carnales en forma parcial.

Creí que estaba claro que una tacita de café con stevia y el pan con nata fresca, Marcia. Pensé que habrías entendido que aquí no se viene en zapatillas ni con el pelo enmarañado. No se menciona aquí, cierto lugar que de vez en cuando nos cuesta treinta soles y treinta minutos. Pero, insurrecta, vienes a renunciar, tan rupestre, tan oriunda y  con nauseabunda ingenuidad me dices que te enamoraste. ¿De qué? —me carcajeo. No significa nada balbucear alguna cursilería mientras me apego a tu cálido culo. Estar borracho de alcohol o de abulia, es no ser, no estar, entonces no era yo, tonta. Nunca fui.

Marcia llegó de una urbe distinta, un pueblo que me dicen es un infiernillo por el desorden que allí reina. Debería, entonces, saber que el juego de la vida lleva letreros de apostasía, máscaras de todos los colores, que todos jugamos y vaciamos nuestras humanidades en ceremoniosos sortilegios para sobrellevarnos y equilibrarnos. Es que, si le regalé rosas, por ejemplo, no fue porque me gusten sus dientes de maíz. Era mantener atención. Eso.

¿No es obvio todo, que debo escribirlo? ¿Qué sueños guardan tus ojos chiquitos, tu figura de risa? No sé qué decirte, Marcia. Envidio tus decisiones radicales y repentinas, pero me sorprende tu naturaleza extraterrestre. Me insulta verte menuda enfrente de mí con esa aureola de perra obediente, presta y subjetiva, me hace ver tan cobarde y majadero que proyecto rápido un eslabón y muchos más para una cadena de liberación: gritarte, sacudirte y devorarte hasta que desaparezcas, luego vomitarte, enterrarte y legalmente borrarte. No habrías de existir, Marcia. Vuelve a tu pueblo, aprende de su desorden y vive normalmente, no me vengas con el canto de impotencia.

Pero no, no dije nada de eso. Legalicé un amorío con ella que no paraba de llorar con el papel de renuncia en la mano. Ahora que el ruido de la ciudad comulga con la luna enferma y me sostienen la noche, el camino sinuoso con el viento de siempre en contra, me advierte que quizá algo salió mal; la resignación me clava los poros, cargo aún más desprecio, la abulia me penetra en el cerebro, es que en nombre de la maldita atención ahora me trago este infierno, y no soy más que un títere de mi propia inacción. Me voy haciendo más viejo en cada paso, cada calle, cada mujer y no sé cuándo explotaré y por fin pondré en marcha mi plan de liberación con alguna Marcia.

Fotografía: Milagros Melgar.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.