viernes, 16 de noviembre de 2018

«La hora azul»

«La hora azul»

« […] con mis alfabetos de agua y con los puros azules,

azules de mis manos y el azul del lápiz

con que escribí en el viento mis palotas rotas»

Oswaldo Reynoso

—¿Un torpe dibujando palabras en servilletas? ¡Qué ridiculez! Es como que vengas al bar a decir: “Soy escritor”, cuando esa palabra te queda muy grande, y peor aún si estás borracho, eso te hace patético. Esas sí son poses indignas, cualquier furcia que lance un “te amo” es más auténtica. ¿Sabes qué puedes hacer con tus palabritas?: meterlas dentro tuyo o dejar que se pierdan en forma simple e inteligente, grítalas a tu compañero, cuéntaselo a la vieja de la barra o al mocito intolerante aunque no quieran oírte, haznos ese favor, así dejas de sacarnos la madre con tu posería, ¡salud!

—Señor Vargas, retírese, mis pesadillas son mías y de nadie más, yo sabré si las escribo en una biblioteca, en un parque o en un bar inmundo como este. Soy un ciudadano libre, ¿no? ¿Para qué escribo? ¿Para quién? Para mí, para mí todo el tiempo. Mis tormentos se detienen con mis manos aquí sobre mi cabeza porque no la puedo olvidar, ni con los libros, ni con toda esta moqueta de botellas verdes plantadas aquí en esta mesa. Sólo quiero escribir que no puedo dejar de amarla y que duele, pero eso me mantiene vivo, que el dolor es ella y no quiero que se vaya. Y ¡sí!… quiero contárselo a la servilleta. Me importa un carajo que a usted, que es un cuentista re-co-no-ci-do al que seguramente sí resulta digno decirle “escritor”, no le guste. No es su bar, no es su servilleta, no es su historia.

Risas a carcajadas, rostros de la inmundicia, ojos del descaro, babas independizadas. Inminente el amanecer a mi vista, poco ecuánime, la hora azul logra un espacio gigante a través de los barrotes de la ventana colonial, luces tenues anestesiadas, inmóviles, como un reloj detenido en la mirada perdida sobre una botella, mis brazos cruzados se abrazan y se acarician de arriba abajo, puedo sentirme invadido del frío de un domingo cualquiera, otra vez presa de la merluza libertina en aquél lugar en el que nada importa, sólo que busco ser feliz, aunque idiotizado al lado de Orlando.

—¿Así que tú eres un personaje de sus cuentos?, yo me leo todas las historias, soy su fan literario además de mejor amigo del colegio. Cuando Janita lo dejó empezó a escribir sobre ella, también sobre las demás, pero ellas siempre representan historias paralelas sin mucha trascendencia, la que importa es ella, ahora más que nunca. ¿Entiendes? Me da gusto que lo acompañes, algunas veces ella también estuvo sentada en este lugar, lo amaba. Quizá se cansó, no creo que vuelva.

—No soy un personaje, la ficción déjala sobre las servilletas.

La regla tácita de que no hay regla alguna en un espacio como ese estaba bien entendida; por ejemplo, si surge algún comentario desagradable no hay opción de reclamo o de enojo, el contexto no amerita irritabilidad, así que consciente del hoyo en el que me metí, tomé la fiesta en absoluta paz y aguanté casi todo. Quizá fue el miedo que Orlando me inspira a veces, el motivo por el que no le entregué una tarjeta de cumpleaños que sudaba en mi bolsillo, o la procacidad con la que se viste en su lugar favorito de fin de semana, así el remedio de estar a su lado es actuar prudente, silencioso o asertivo, siguiendo su estilo.

Yo también escribo en servilletas, quiero a Orlando. Detrás de su actitud irreverente e impositiva vi un color a través de su caparazón y eso me alcanza para la locura de ir a buscarle, recitarle que necesito su estúpida manera de ver el mundo para vivir el mío. Quizá esté enamorado como la Bella del cuento y no lo reconozco, quizá esté entusiasmado con la Bestia y que de acuerdo a mi naturaleza obstinada no quiera perder lo que tenía; si es que tuve algo o estaba a punto: que se enamore de mí.

La hora azul, sin embargo y a pesar de tanta literatura, irremediablemente, así sencillita como llega, se desvanece:

—Oye, Renato, atrévete a cruzar la línea, tú sabes, la del amor, a ver si tú lo logras.

—¿Orlando es un desafío?

—Si lo quieres, demuéstralo. Mañana te espero en el campeonato, acompáñalo.

—Yo no voy a ningún lado con este rosquete —irrumpe la bestia.

—Este eres tú, Orlando, en una servilleta el amor; odio en la vida real. Me voy.

—No te vayas, espérame, ¿o no puedes? ¿Tú crees que a cualquiera le invito a esta mesa con mis amigos?

—Entonces, acompáñame.

—Vete al carajo, si te quedas, bacán y si no, también.

—Yo no soy Jana.

—¡Salud por eso!

—Escríbelo en las servilletas, adiós.

Fotografía: Milagros Melgar.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.