viernes, 16 de noviembre de 2018

«Brujeril»

«Brujeril»

«Cuidado con ella, puede arrastrarte a situaciones absurdas y dejarte ahí, solo,

a la intemperie, para escarnio del mundo».

Karmelo C. Iribarren

Caminé de ida y vuelta muchísimo tiempo sin éxito, al parecer aquél grupo humano al cual buscaba en una calle tan diversa como San Camilo, se escondía de mí escandalosamente, y es que no creí tan difícil encontrar alguna persona de edad corta o muy grande para deshacerme del objeto que me dio esa mujer.

Tantas veces desgasté mis suelas en esta calle que pude escudriñarla, es tan fea como activa, se levantan a cada lado grandes casonas del siglo XIX, sin duda gloriosas en su época, ahora marchitas con la pintura desgastada y la careta sucia del esmog, espero que dentro estén limpias, conservadas y hasta con flores. Afuera a nadie le importa, el tránsito peatonal que usualmente es desordenado y múltiple, también es veloz en cuestión de su puntual búsqueda particular, es un mercado amplio de lo inimaginable donde los compradores nunca faltan, las rutas se contienen sólo en ese concepto.

Poco a poco me abrí paso cargando en las manos un vampirito de peluche, mi afán inicial era regalárselo a algún niño pequeño, después de unos minutos y no ver a ninguno, pensé en algún anciano sin dientes, por último, un ser vivo que no me preguntara el por qué, y simplemente lo recibiera aunque no me diera las gracias.

Cuando aumentó la ansiedad, imaginaba si toda la maldad de un ser podría acaso concentrarse en un objeto, comencé por dudar de mis determinaciones, me perdí en muchas incógnitas, mientras entre mis manos el desvalido vampirito de mirada inocente esperaba la conmiseración para quedarse conmigo, o mi reacción más clara; ¡pero qué tontería!, ¿cómo es que un objeto podría albergar inocencia, maldad, amor o soberbia?, puede simbolizar lo que sea, más no tener posesión de ninguna energía, ¡no tiene vida!.

El ruido de autos y personas, me sacuden lo suficiente para no verme perdida, era tiempo de la decisión más extraña y aunque es vergonzoso, debo admitir que mi raciocinio no estaba actuando con lógica, por más que sabía los juicios y soluciones sobre mi disyuntiva, tenía la necesidad de eliminar el objeto embrujado y esto porque me gobernaba la culpa.

Al descubrir la verdadera identidad de esa mujer, reconozco que me embargó el miedo y tuve la sensación de que la reversión, el karma, el destino, las vueltas transcurridas del mundo, qué sé yo, todo eso volvería a mí con todo su peso, quedarme con el vampiro representaba que yo sufriera todo lo que esa hechicera preparó para ti.

Todo empezó un día de julio en el que yo paseaba mortificada por el centro de Lima, una bruja o un remedo de ella, ofreció curarme el alma, adivinó fácilmente por mis ojos lacrimosos que lloraba por un engaño, era una mujer pequeña, ataviada en un traje andino y me pareció que fingía la voz, no le creí del todo su dialecto boliviano, con ímpetu me tomó las manos al pasar por su stand y mientras me arrastraba a él, me ofrecía amarres, dulcificaciones, encantamientos, lecturas de tarot y todas esas artes chamanescas para aliviar el espíritu, su hipnotizador esfuerzo hizo efecto, mi desesperación accedió ya sin salida ante su mirada incisiva a que preparase un ritual para que me amaras de por vida, así de sencillo compré tu amor embolsado, una estafa firmada por la bruja y yo: mi estupidez y su sagacidad.

El ritual era simple: tenía que buscar un regalo que me hayas dado enamorado —póngale sus cabellos y tráigalo— me dijo, le llevé este vampiro con tus cabellos cocidos a su cabecita, durante el ritual mientras me pidió tu nombre, titubeó un poco, pero luego en voz alta repetía las sílabas una a una, fuerte, claro, con gravedad intimidante e iba clavándole al pobre peluche unos alfileres largos en el pecho a la vez que repetía unas frases en idioma aimara, utilizó unas cintas negras y lo ató con fuerza, finalmente me lo dio y me dijo que ni se me ocurra quitarle los alfileres, que eso te controlaba, que lo pusiera debajo de tu cama y que cada vez que te muestres rebelde, clave un par de alfileres más, repitiendo tu nombre y el propósito.

Recuerdo esto y el vampiro me pesa cada vez más, al fin veo a un niño, está sentado en la puerta del mercado San Camilo, me acerco a él, le compro un turrón y le digo: ¿Quieres este vampirito?, el niño me mira incrédulo y en sus ojos se dibuja una locura alegre, vacila y luego se apaga el brillo, mueve la cabeza de lado a lado. Es un NO rotundo.

¡Increíble!, en unos segundos me encontré con la vida y con las sombras, ¡las flores rotas!, ¡pétalos marchitos!, ¡el amor mercantil!, ¿cómo pude hacerlo?, la vergüenza me recorrió el espinazo y me levanté de inmediato, caminé por inercia mientras me perdía en la constelación de la urbe, fea como las personas mismas, acaso con un corazón de flores muy escondido.

A muchos pasos de incorporarme dejo que el pesado objeto vampírico, caiga adrede a la soledad del desinterés, al anonimato de la acera, lo patearán de aquí para allá, si alguien baja la mirada, le parecerá extraño y sucio, inlevantable. Pido al cielo que nadie lo recoja, ya no sé qué energía representa; ¿sabes? le quité los alfileres, las cintas y el cabello, y le deposité un perdón eterno como el que me juraba esa mujer que duraría tu amor.

¿No sabías que esa mujer era tu madre?

Imagen: Marionette / Pinterest.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.