domingo, 17 de junio de 2018

«A orillas»

«A orillas»

“Querido mío, adoro todo lo que no es mío, tú por ejemplo,

con tu piel de asno sobre el alma y esas alas de cera que te regalé

y que jamás te atreviste a usar”

Blanca Varela.

Abrazando la brisa, pensó por un instante en Efraín Miranda y su poema a la Pachamama, en los peldaños nitrocelulares de las olas que saludaban su cuerpo tembloroso y gélido por el viento de la tarde. ¿Acaso el poeta habría sentido el mismo frío a la misma hora? Es inútil, pensó, el invierno recién llegado y la ausencia eran propios de su ser, no podía tener los ojos de un poeta. La poesía sin decirse, estaba ahí, inmersa en cada átomo de lo visible ante sus años. El paisaje excepcional envolvía su cuerpo y su alma, las pocas personas a cierta distancia gritaban de frío y embriaguez, sus voces azules, sin eco, viajaban entre risas desde las orillas del lago hasta unas viejas carpas.

Morelia estaba gozando de un tiempo que parecía ya vivido e interminable, coexistiendo con el pacífico y armonioso movimiento de las aves que volaban en su blusa, presurosas parecían aletear para irse con las otras, las del cielo. Una  voz  meliflua cantaba «Agua de  estrellas»,  cuando  su voz  irrumpió  en  la  calma; —¿Cuál es la ausencia? —se dijo, la respuesta era su amor ausente, la espera. Estaba a su alcance como el bote solitario sobre la orilla, con esa franja roja como el atardecer a sus espaldas y en azul y blanco como el cielago en frente de ella. Pero no iba a levantarse, se dejaba abofetear por esa corriente helada y se esforzaba por mantener el único calor que en sus entrañas quedaba. “Sana corazón, agua bendita” empezó a cantar con los labios secos, mientras se le cortaba la voz, las olas tiritaban al oírla y hasta parecía que se esforzaran por lamer sus pies.

Habían empezado una cómplice y extraña amistad que duró año y medio. Transcurridos los primeros meses, aunque nunca lo dijeran, se sentían enamorados, compartían largas jornadas fotográficas en los lugares más bellos de Puno, innumerables películas, amaban a Kubrick, Kong Kar Wai, Almodóvar, esas increíbles mentes los seducían en el laberinto del séptimo arte. Vivían también la música, una variopinta lista de canciones de la negra Mercedes los cogía a media tarde en algún pueblito en el que compartían un plato de trucha frita con papas amarillas, tarareando “cambia, todo cambia”. Eduardo sonreía, era su sello. La línea que dibujaban sus dientes y el aire de seguridad que lo envolvía magnetizaron a Morelia, él aunque muy locuaz y espontáneo, era difícil de descifrar, parecía soñar cuando la veía y hasta temblaba un poco, al instante se sacudía del romanticismo y volvía a hablar con suficiencia y soltura. Un día cualquiera, con gestos de niño bobo, proclamó: Me gusta tu olor. La luz brillante de mediodía en el muelle les achinaba los ojos. —Lo sé —dijo Morelia y hubo un silencio prolongado, lleno de desconcierto y arrepentimiento.  Fue en la isla Soto que mientras asumían que en definitiva todo cambia, sin mucho preámbulo, prometieron volver cada año en sus versiones más viejas y con experiencias ganadas. Cada primer solsticio de invierno, volverían a la isla a recitar a Rimbaud, Pizarnik, Oquendo de Amat; así que escribieron en la tierra con los dedos: “Volveremos”. Sonriendo se entregaron al frío de la mañana y se dieron el primer beso al borde del su tan amado lago: el Titicaca. Había nacido el amor en las entrañas de sus pasiones más voraces, les gustaba la poesía, les gustaba viajar y hacer registros de las maravillas. Nada parecía suficiente, no alcanzaban las fotografías, entonces le leían a la tierra, al cielo, se imaginaban en una película de Almodóvar o de Campanella, se leían los ojos, su brillo como el del agua resplandecía en la prosa incontenible que crecía después de acompañarse y de celebrar la vida.

Luego llegó el silencio y cuando, de súbito, se presentó aprehensiva la noche, el miedo y la confusión se instalaron en el corazón de Eduardo, y la ansiedad en el de Morelia. Pasaron semanas y meses, y el amor los cobijó de esperanza algunos días y otros de ira, sus sentimientos eran pendulares. No había bastado descubrir que se encontraron que, tuvieron que negarse, pues la magnitud de ese sentimiento, les pesaba sobre los hombros hasta aplastar la vida misma. La ironía le consiguió a Morelia un novio tan absurdo como su risa ausente y Eduardo cerró las puertas de su rostro, quiso olvidarse de las islas, de todos los parajes que visitaron, de la fotografía, los poemas, las películas y sobre todo de ella. Huyeron el uno del otro y el tiempo no se detuvo.

Cinco años después, Morelia fue a visitar una muestra fotográfica en Túnez, ciudad donde vivía desde que dejó Puno al finalizar aquél invierno. El salón de arte exponía a un colectivo de fotógrafos peruanos. Recorrió el lugar con especial asombro, con recelo y un potente latido en el pecho al que atribuyó la premonición de algo importante, y sí, eso sustancial se lucía al fondo. Caminó lenta hasta encontrarse con su rostro, era ella cinco años más joven. La fotografía firmaba “Volveremos” y el lugar: la Isla Soto. Quedó paralizada y no tardaron en caer hilos interminables de lágrimas y dividir la faz de su alma en porciones verticales inexactas, se rompía la gruesa costra de su vida y esta conectaba con Eduardo, en el recuerdo sublime de aquél beso y aquella historia que no pudo seguir.

Morelia durante un viaje tortuoso, cegada en todo el camino y todavía sin opción a martillarse de recuerdos o nostalgias, pretendió no llorar. Pero cuales gotas de engrudo, el amor le lloraba en el corazón. Había llegado a Puno y pudo recién exhalar toda ansiedad y toda pena cuando sus pies tocaron la arena, la Isla Soto nuevamente le sonreía con el paisaje.

Era veintiuno de junio y como cada año Eduardo había llegado temprano a la Isla para esperar a Morelia, pero cayó en un pozo a mediodía y después de varias horas en las que no le advirtieran los lugareños, recién pudieron ayudarlo a salir y cobijarlo después en una casita de barro. La hipotermia lo tenía preso y sólo repetía el nombre Morelia. Tenía la esperanza que esta vez sí volvería, quería ir hacia ella, a la orilla para ver de cara al amor y acabar la ausencia, cambiar de dirección el destino que se habían mal impuesto —¡Cuánto tiempo perdido! —se decía. ¡Cuánto!, cuánto tiempo el olor y la risa de Morelia se le habían negado, y ahora él ahí, en un rincón de sombras, sin poder moverse.

La hora azul sobre el lago enmudeció el paisaje, ni una sola gaviota planeaba y el agua estaba mucho más fría, Morelia estaba entumecida como su corazón, había llegado el invierno solo. Suspiró muchas veces y ya no pensó ni en el poema a la Pachamama ni en “El mismo amor, la misma lluvia”, tampoco en el agua de estrellas que vería si anochece. Escribió en la arena “Volví”, se abrazó a sí misma mientras cerraba los ojos. En ese instante llegó el abrazo más cálido de su vida, y una voz que decía su nombre enredado en sus cabellos.

“Volvimos” dijeron al unísono y las primeras estrellas comenzaron a mirarse a sí mismas sobre el lago.

Escribe: Milagros Melgar.
Foto: Internet

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.