miércoles, 13 de noviembre de 2019

«La carta del caos», por Milagros Melgar

«La carta del caos», por Milagros Melgar

«Tú sabes que te han humillado hasta cuando te mostraban el sol.
Tú sabes que nunca sabrás defenderte,
que solo deseas presentarles el trofeo,
quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo beban
».

Alejandra Pizarnik

Había escrito aquella carta para ti, nerviosa, rauda, como quien tiene apenas unos segundos para escapar de una explosión, más aún, como el reflejo más fino e íntimo que recorre la médula espinal al verse en peligro, con la misma urgencia del paso retrocedido que nos salva la vida evitando un atropello. Por fin me supe salva del tiempo en el punto final, en ese instante del paso de saliva y media sonrisa en que pude otra vez adueñarme de mí, entonces la leí antes de meterla al sobre; era más que una carta, un cofre de plenitud, la letra dibujada en el papel contenía tanta carga de sinceridad que impregnó las temblorosas frases gritando todo cuanto pude decir. Coloqué por último, cual rosón de fina y parsimoniosa elección, mi firma.

«Perdóname» titulaba el sucinto texto. No tengo la menor duda que fue mi corazón compungido navegando hacia lo incierto en aquél funesto mar de pesadillas. Cada letra estaba sellada en las desmenuzadas y minúsculas escalas de tiempo con la tinta más pura, la diafanidad del llanto que viene del alma. Cada curva vertiginosa vertida allí, empoderando la carta, la convertía en un desesperado vehículo por llegar a ti. Mas mi temple insumiso, con el paso de las horas, desaceleró la angustia: hizo pesados mis brazos y mis ojos me miraron cansados de ti en el espejo. Mi mente, lúcida y victoriosa, decidió dejar aquél papel en el sobre en su afán de protegerme creyendo que estaba sepultando aquellas líneas para siempre. No sabía que eso representaría tan solo un alivio momentáneo, engañoso y efímero. La semilla la pusiste tú, «Nadie te recordará por tus pensamientos» dictaba la frase en el viento anónimo de los días, los días sin tiempo (todos). Yo diría que tampoco te recordarán por tus sentimientos, fue allí, en el laberinto de la cobardía, tuya, mía, nuestra, que creció el más grande caos que pudieras siquiera imaginar.

Cuando entré aquí en abril, todos estos mediquitos me recordaron que el mundo está podrido siempre de alguna parte, que debía despedirme del azaroso destino que hasta ese momento me había designado vivir sólo en las orillas de la podredumbre. Incesantes mis últimos suspiros, no resignados, me daban fe que esto no podía ser lo último de mí, sin embargo, mi nueva realidad no vislumbraba que ya estaba hundida hasta el cuello en el légamo de todas las enfermedades que puedan crearse aquí, en cada sala, en cada mente, las mismas que me obligarán a permanecer hasta que mi gran muerte sea la única salida. Ingenua fui al creer que todo sería pasajero, que la puerta de acero se abriría para volver, confianza inútil, como la que tuve en Mariel y esta carta que otra vez tengo entre mis manos, intacta. A ella grité, le supliqué, como se suplica la vida, que te la entregara, mientras a mí me arrastraban a este rincón inmundo: el caos.

¿Y qué es el caos? El caos soy yo, mi vida lejos de la orilla, los sueños que dejé allá afuera ahora desmoronados, todo mi empeño volátil en ser feliz, el dolor en toda mi estirpe de sortearse una hija loca, las reminiscencias agobiantes desde que amanece hasta la última gota de la noche lacerante, la obsesiva tarea porque se cumplan las reglas en este lugar; que tome las pastillas, que duerma, me calme, que no toque ningún haz de luz, que cuente los detalles, que no lea, que no hable, que soporte, que haga bien este papel.

Pero el mayor y más grande caos es el hijo nuestro que ya no está y por añadidura: el perdón que nunca llegó de ti. El caos también eres tú, entrando por la gran puerta de acero a visitarme con Mariel, ¡a visitarme!; ustedes, los amantes verdugos; tú ignorante eterno de mi carta; ella, cogida de tu mano y por la grandísima madre que la parió, embarazada. No hay miseria más grande que esta, ver al íncubo femenino que me traicionó y que se robó mi felicidad, ahora dejando entre mis manos una carta y susurrándome: «te ves muy linda».

Lo que sigue no es mi culpa, amor mío, es el caos que desencadenó en caos:

Hace un año, el día de mi cumpleaños, murió un hijo que no sabía se engendraba en mi vientre, murió porque bebí todos los alcoholes de tu casa, bebí porque dijiste que me engañabas, me engañabas porque siempre fui lo último de tu historia, mientras Mariel se comía ya mi vida entera y fingía consolarme por tu abandono. ¡Aplausos!, hoy ha venido a enrostrarme que su vida es perfecta contigo, justo al cumplirse un año de mi más grande tragedia.

No es buena idea haber venido, ya tenía planes conmigo misma. No sabes cuánto he esperado este día para deshacerme de mi cuerpo con un verduguillo made in bathroom. Claro que me veo linda, es mi cumpleaños y este mi fango en el que conozco cada centímetro, el único rincón donde pude sobrevivir después de la apostasía, mi rincón que invaden ustedes ahora, sin invitación. Reviso la carta, mi loca escritura, mi afán de encontrarme dentro de los curvilíneos trazos, me nubla, estoy sudando, me siento estremecer. Me entrego a mí misma dentro de esa dimensión etérea.

«Perdóname», susurro con la lectura, sintiendo el dolor de toda mi pena; «perdóname», digo más alto y levanto la vista para encontrarme en los ojos de Mariel y me acuerdo del hijo que no tuvimos; «perdóname», grito y volteo a verte, mientras introduzco el verduguillo con todas mis fuerzas en el vientre embarazado. Siento la sangre de cada sílaba pronunciada, y ya no importa nada, ni que puedas perdonarme, ni que nadie me recuerde por mis palabras.

 

Imagen: Marionette / Pinterest.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.