viernes, 16 de noviembre de 2018

«Novia eterna»

«Novia eterna»
Fuente: Milagros Melgar

«¡Qué juego cruel de especie lisonjera hiciste del amor, novia de juego!
Hiere la voz tu nombre si lo nombra
»

Juan José Arreola

Sí, Adelaida, recuerdo a la chinita y la velocidad impredecible con la que tomó la mano del bastardo que iba a ser mi marido, y justo ahí, en plena ceremonia de boda, emprender la feliz huida y dejar resonando entre las paredes de la iglesia de la Recoleta, el eco de su voz. ¿Qué decía el réquiem? Oí algo como del tiempo mientras veía mover esa boca como una ventosa ágil, sus ojitos rasgados desafiantes y las manos de él en posición de alto al fuego —para calmarme o para protegerla de mí— creo. La escena era de ópera. Calcada. Yo me quedé engullida en esa seda blanca como tonta bailarina de caja musical malograda. No dije nada. Me mordí los labios pintados de rojo sangre y alcancé a desearles la muerte antes de caerme.

La enfermera después de despertar a un mar de confusión, desorientada en tiempo y espacio, abrumada por aún sentir los susurros, se sacudió la cabeza de un lado a otro y se sobó la cara. La sala de UCI estaba silente, con baja luz. Las únicas tres pacientes parecían seguir durmiendo. De prisa y tras arreglarse el moño casi en automático se dirigió a controlar los monitores cardiacos, los niveles de suero y los balones de oxígeno.

Me había desmayado, Adelaida. Vergonzoso. Aunque creo que el hecho fue una consecuencia normal y hasta esperada de un ser humillado en el altar. Caí al piso con la misma celeridad que usted ahora, presa del sueño. Adelaida, debo agradecerle esta conexión, no sabe cuánta alegría me da su presencia. Disfruto su calidez, sus oídos prestos y sobre todo su disposición para que mi última venganza —lo juro, ya no más— me permita descansar como manda Dios.

Adelaida abrió los ojos, quedó petrificada y con el paso de los minutos asumió un desorden mental transitorio. Contuvo el grito que le recocía el pecho como fuego, empero fue más grande el miedo y se aferró a su cuerpo de cincuenta kilogramos. Adelaida lucha por no desvanecerse, el azar le muestra recuerdos lentos de su pesadilla reciente y su plática con aquél ente, antes de nublarse recuerda la palabra “disposición” y esta toma fuerza en su cabeza.

Esa mujer de ojos chinitos me dejó suspendida detrás de un ramillete de flores pegado a mis manos y del arrebol en mis mejillas. Adelaida, ella no sólo se llevó a mi novio, sino que se encargó de sitiarme en medio de los lobos de la malicia, quienes, por supuesto, eran dignos familiares y amigos, me sirvió en la bandeja de la vergüenza como deliciosa presa de las punzantes bofetadas de la decepción, del egoísmo y la mentira.

No temas —se dice— Adelaida. Has estado de guardia tres veces en la semana y abusando de tus horas de descanso para hacer trabajos de la maestría, los informes del hospital. El estrés acumulado es suficiente para desencadenar estas alucinaciones, debes mantener la calma, esperar a tomar un ansiolítico o dos, una vez llegues a casa. Ahora mantente alerta y evita pestañear.

Eran de vidrio las copas de champagne y tenían inscritos mi nombre y el de Raúl enlazados en un corazón rosa, ¡qué ternura!, el color que el infeliz escogió, para que después cada letra se arrastrara afuera de la figurita y corra lejos de las letritas que forman mi nombre, a ritmo de maratonistas evitando la prisión del matrimonio; llevando en sus torpes piernas, mi sangre. Adelaida, usted ya aceptó ayudarme. No me deje como ellos.

Adelaida seguía hablando consigo misma, se alentaba en que falta poco para salir del hospital. Atemorizada fingía fortaleza, era una mujer sesuda, valiente. Volvía a sus tres pacientes, inventando una melodía; la tarareaba mientras iba verificando que todo esté en orden. Ojalá no lo estuviera, no quería desear eso, pero esperaba un evento alarmante, más grande que lo que estaba viviendo —o soñando— para no cargar la responsabilidad de volver a escuchar esos relatos.

¿Sabe, Adelaida?, la única persona que me ayudó a sobrevivir al desmayo eterno fue mi nana Amelia, ella atinó a no mencionarlos (su nombres, sus movimientos, sus vidas posteriores), quedaron, sin embargo suspendidos en mi memoria, en un casillero pendiente; en cambio mi nana me contaba historias que no sé si eran sacadas de sus numerosos viajes o de aquellas lecturas interminables en su vieja biblioteca. La venganza de los dolientes era el tema transversal de todos esos bellos relatos. Más tarde me encontré en este lugar, el tercer piso de un viejo hospital, una cama fría y no hay nada más que esto. Adelaida, la cuestión es sencilla: se trata de desconectar a la paciente de la cama 19 C. Eso es lo único que deseo y necesito para extinguirme. Y esta historia tendrá un final justo.

Adelaida se abriga con la capucha de su casaca mientras sale al frío de la mañana. El crimen ha sido perpetrado con prolijidad. No escucha ya la voz. No sabe de la historia de una novia suicida que hace mucho se lanzó del tercer piso y que a la guardia siguiente le espera su voz con otra historia.

Escribe: Milagros Melgar.

 

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.