domingo, 21 de octubre de 2018

«La chalina roja»

«La chalina roja»

[…] es mi niña bonita, con su carita de rosa…”

—cantaba al fondo, Lucho Barrios en la radio

Silenciosa y con serena determinación fue irrumpiendo en el cubículo, iluminándolo con su fino y suave meneo de caderas; el escote le descubría la piel morena y sudorosa. Se acercó a la mesa de Melquiades y al verlo adormilado, una sonrisa irónica se escapó de su boca, al instante un inexplicable ensimismamiento le mutaba cara. Sin quitarle la mirada al infeliz, suspiró con cada músculo y su atención hacia él, ahora tenía el color de una profunda pena.

Entre los dos jarros de lata, uno más desportillado que el otro, vertió el mate a una distancia de varios centímetros, hacia arriba la mano derecha, luego arriba la mano izquierda. El aroma de hierba buena que se desprendía de las gotas que iban salpicando a un lado y a otro alertaron a Melquiades de una realidad borrosa.

—No voy a tomar mate —dijo. —Sírveme cañazo

—Toma papá, te hará bien

Iracundo se levantó de la mesa. Su mano enorme tomó con fuerza el rostro asombrado de su hija, los ojos resquebrajados de furia se desbocaron sobre ella —como si todo su pasado estuviera ahí, representado en esa menuda mujer— para luego empujarla con desprecio descontrolado y lanzar violentamente el jarro de mate contra la puerta.

—Tráeme cañazo, te he dicho, puta

Su padre bebía desde que ella recordaba. Siempre al día siguiente de una borrachera, Johanna se encargaba de servirle el mate enviado por su abuela. Él, un poco resacoso, la sentaba en su regazo y le cantaba un bolero. Era un momento memorable, casi histriónico.  Melquiades, entre mocos, babas y lágrimas gruesas, recordaba a la madre de Johanna, buscando algo de ella en los ojitos temerosos y avergonzados de la niña. Desilusionado y cogiendo nervioso aquella cadena que brillaba en el pecho, releía la inscripción en el dije de plata «Siempre estaré a tu lado», luego rápidamente enviaba a la niña al lado de su abuela y le ordenaba que no se acercara más.

La madre de Johanna había amanecido ahorcada un día en el baño cuando la nena apenas frisaba los cinco años de edad. Melquiades sin ella perdió el alma, le quedó tan solo aquella baratija con esas palabras que parecían no tener ningún sentido estando muerta su mujer. Se echó a beber sin límites, apartó de lado a su hija porque no se parecía a su madre, sino a él mismo. Su mirada le recordaba por entero la soledad, la tristeza y la miseria que era él.  El alcoholismo de Melquiades consumió toda relación, toda posibilidad de una familia armónica. Su comportamiento era cada vez más desafiante y agresivo, bebía casi siempre recordando y culpándose de esa muerte.

Melquiades empezó a balbucear sobre la mesa nuevamente cantando el bolero aquél «es mi niña bonita, con su carita de rosa…» y quedó dormido abrazado de sí mismo. Mientras Justino, el amigo de Melquiades, se incorporó.

—Oye niña, yo sí tomaré ese mate. Sírveme una taza.

Cuando Johanna se acercó y dejó la taza encima, él le tocó las nalgas. Ella de un salto se apartó.

—No te vayas, niña, ¿no quieres saber cómo murió tu madre?

El silencio infinito, los ojos muy abiertos, la respiración nula y la expectativa erizada en la piel la sucumbieron en una náusea vívida. Johanna tuvo que sostenerse sobre una silla.

—Ya lo sé —dijo la muchacha. Tragó saliva y prosiguió su andar.

El hombre lanzó una carcajada que, juntándose con el eco mismo de su jactancia, hizo temblar a la joven.

Johanna avanzó unos pasos más. La distancia que formaba era un resguardo para ella. Giró y de reojo, mientras secaba el sudor de sus manos en el delantal, esperó que Justino bebiera del mate. El viejo verde sin quitarle los ojos de encima, de un solo trago lo terminó.

La joven fue a la habitación por la chalina roja con la que se había suicidado la madre, antes de salir le prendió una vela a su foto y lanzó un rezo de memoria. Al regresar, contempló por un momento lo esperado, Justino estaba con las dos manos en el cuello, los ojos exorbitados y sacudiéndose en su silla sin poder respirar ni decir palabra.

Johanna aprovechó para enlazar al cuello de su padre la prenda roja, tiró con todas sus fuerzas a un lado y a otro con sus largos brazos. Melquiades pareció reaccionar al principio pero cada vez estaba más y más azul. Ya cuando estaba por caer, con sobrenatural fuerza, emergió desde la silla como un animal rabioso, botó la mesa, tomó con sus manos a la mujer, la lanzó al piso para levantarla luego y con ambas manos ahorcarla con rabia. Ella estaba atónita con los ojos tristes y perdiendo casi el último aliento, cuando alcanzara a oír lo último:

—Él la mató, él lo hizo, niña. Botando espuma por la boca, Justino se desvanecía en el suelo.

El lugar quedó silencioso, con una chalina roja entre dos cuerpos sin vida.

Escribe: Milagros Melgar.
Foto: Eve Arnold, (1913 – 2012).

 

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.