miércoles, 3 de junio de 2020

«El tiempo del silencio», por Milagros Melgar

«El tiempo del silencio», por Milagros Melgar
Fuente: Milagros Melgar

«Pero ya ves, escojo el silencio… y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme»

Julio Cortázar

Si tuviera una mente más ordenada o quizá solo el espacio necesario, podría quejarme por escrito como ella, exponer su soberbia y ridiculizarla como tanto le gustaba hacerlo conmigo. Pero no puedo sino lanzar estas cuantas palabras, esperando que el azar ampare lo único que queda de mí ahora: credo sin libertad y única voz. No he cometido ningún crimen, no fui yo quien la ha orillado a la muerte.
Sí, me quedaba en esta casona tipo museo, nunca me alargó más que era la herencia de un tío abuelo. Me gustaba el café servido en la biblioteca, a media tarde, a taza llena. Ella leía poemas, yo no entendía por qué el afán de su tristeza. Después de cada café literario, muy a menudo, me daba por indagar en las grandes habitaciones, otras veces me atrevía a romper la tensión que siempre existió entre ambos.
Cuando eres invitado, sin embargo, no puedes andar por ahí, suelto en espacios ajenos sin hablar, gracias a esa obligación de relatar alguna de mis aventuras, nacía el sonido en estos rincones y nos iba bien. A ella parecía gustarle, era buena receptora, recuerdo que casi no hablaba, interrumpía solo para sonreír tapándose casi toda la cara o para decir: “¿y qué más?” Después fue adoptando una costumbre muy desagradable; por momentos, mientras yo estaba en lo mejor de un tema, su mirada se vaciaba en mi rostro y bajaba a mis dientes, labios o mentón.

Eso llamó mi curiosidad de menos a más, en un tiempo inicial apenas me inmutaba, pero después de que ella lo convirtiera en hábito, me desconcentraba y el hecho me sacudía por dentro; era inevitable sentir una rabia extraña entre el estómago y la garganta, un fuego caminante cada vez más voraz. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué encontraba en la vacilación de mover sus pupilas en esa dirección? No podía responderme, lo único evidente era su ausente esmero por oírme. Muchas veces me quedaba callado a la mitad de una hazaña y fruncía mis labios a propósito mientras me invadía la cólera. Ella seguía mirando.
Ese tiempo del silencio en esta fantasmal casa nos volvía a ubicar en escena, ella a clavarme la mirada en los ojos —parecía hasta inofensiva, eso era lo más raro— y yo sumergido en la duda de buscar atrás o no continuar. Así la casa se multiplicaba en su espacio y un eco ahogado nos gritaba desde sus entrañas la contenida furia y excitación.
Fue mi compañera de primaria, figura femenina siempre solitaria, la recuerdo de niña tan igual, pero sin esta atroz cercanía. La encontré en un bar, después de muchos años, había variado en tamaño pero tenía la misma mirada angustiada e intimidante, después de un par de bromas, logré que sonriera y eso me pareció un logro divertido. Empecé a salir con ella a pesar de que no me gustaba tanto, pudo haberme generado cierto morbo —no lo sé— su extrañeza, porque no era una mujer atractiva, tenía la boca grande y las manos masculinas, se bañaba en agua fría y su cuerpo era como el de un anfibio muy delgado, tenía la espalda acentuada a nivel de los hombros en la que se esparcían unas pecas por doquier como branquias bien dispuestas. Muy seguido era presa de calambres y lloraba de dolor por las noches.

Alguna vez después de observarla, pensé: “es una mujer rana”. Cuando aún no la aborrecía tanto, la ayudaba a calentar las extremidades frías, pero después empecé a sentir cierta satisfacción al escuchar sus lamentos. Cada grito en la gran habitación resonaba alegre en mis oídos, fingir el sueño y roncar en medio de su concierto doloroso, me vengaba de todo aquel vejamen de sus ojos hacia mi barbilla.
Al fin, dejé de ir por el café y por el eco nocturno de los calambres, en el mundo exterior me esperaba mucho por vivir, disfruté de la normalidad unos meses lejos de la mujer rana. Me fui a recopilar otras historias, las del mundo real, leí algunos libros de psicoanálisis, ontología, emprendimiento, escudriñé todo camino de superación y en esa búsqueda me asocié a un grupo de gente como yo, incluso encontré alguien más terrena y menos anfibia con quien pasar las noches. No mucho después tenía ya un lugar en la sociedad, sentí que me esperaban grandes momentos, y que sobre todo me había desintoxicado de esta pecera museo.

Una noche, sin embargo, desperté con un calambre extremo en cuyo cenit del dolor, por muy incomprensible que parezca, eché de menos a la mujer anfibia. Quizá lo que extrañaba, en realidad, era ese fuego recorriéndome el pecho y el silencio que sabía la dejaba en duda —aunque ella, perspicaz, lo disimulara—. Sentí la necesidad de presentarme distinto ante su ridícula soledad, vine esa misma noche y me recibieron su cuerpo frío y sus ojos de angustia. Rompí el silencio hablándole de la gente terrena, del espacio en los que la gente logra su felicidad. Me escuchaba atenta, mirándome con un diferente brillo, desposeída de la anterior que fue y lo mejor de todo: ni un movimiento de ojos hacia mis dientes, labios o mentón.

Una verdadera alegría se abría ante mis ojos, no solo me esperanzaba la idea de que ella nunca más bajara a mi barbilla sino salvarla de esta pecera suya, el museo triste de su vida. Le dejé muchos libros, ninguno de poemas, por supuesto. Quise que conociera lo mío, luchara por un sueño o por muchos, que se sintiese libre, ligera, como un ave. Me di cuenta que la quería y que lo descubrí para ayudarla.
Unos días después, a todo pesar, volvió en sus ojos la obstinación de siempre. El cruento mirar fatigado y meloso por el tercio inferior de mi cara, estaba ahora sobre mis pupilas con la misma intensidad. Sí, esa burla infinita y las preguntas —todas sin respuesta— se instalaron nuevamente, así como el fuego en mis entrañas, mi andariego y vago odio que crecía enardecido. Mientras ella buscaba algo incierto, yo sólo quería matarla, pero juro que no lo hice. Tenía la misión de salvarla, pero anoche olvidé cada letra, palabra y libro. Toda la ira contenida salió de mí, no sé cómo, solo recuerdo que mientras le repetía que no la amaba, que no la amaba, ella, frívola, sonreía, sonreía, sin quitarme los ojos de encima.
Desperté y me encontré entre sus sábanas, rojas de la sangre fría que tuvo para matarse. La nota que dejó sólo demuestra el nivel de hipocresía y maldad que puede albergar un ser: la maldita suicida quiso hundirme en su muerte. El fuego y odio que ya no eran parte de mí, hacen un eco en mi alma tan profundo como este silencio.

«Me quedaba sorda y leía tus labios. No amaba los que decías, sino lo que eras. Sabía que estabas despierto cuando lloraba, y lloraba por el café en vano, por mi voz apagada. Sabes ahora que lo mejor que te dio mi vida anfibia, no fue mi cuerpo frío sino el tiempo del silencio…»

Escribe: Milagros Melgar.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.