domingo, 21 de octubre de 2018

«El tiempo del silencio»

«El tiempo del silencio»

«[…] Pero ya ves, escojo el silencio… y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme»

Julio Cortázar

Si tuviera una mente más ordenada o quizá sólo el tiempo necesario, podría quejarme por escrito como ella, exponer su soberbia y ridiculizarla como tanto le gustaba hacerlo conmigo. No he cometido ningún crimen, no fui yo quien la ha orillado al suicidio.

Me quedaba en su casona, tipo museo, nunca me alargó más que era la herencia de un tío abuelo. Me gustaba el café servido en la biblioteca, a media tarde, a taza llena. Ella leía poemas, yo no entendía por qué el afán de su tristeza. Después de cada café literario, muy a menudo, me atrevía a romper la tensión que siempre existió entre ambos; le relataba alguna de mis aventuras y con esto, digamos que al principio nos iba bien, a ella parecía gustarle, era buena receptora, eso sí,  recuerdo que casi no hablaba, interrumpía para sonreír o preguntar ¿y qué más?. Pero eso duró poco, luego fue adoptando una costumbre muy desagradable; esporádicamente, mientras yo estaba en lo mejor de un tema, su mirada se vaciaba en mi rostro, bajaba a mis dientes, labios o mentón. Esto llamó mi curiosidad de menos a más, en un tiempo inicial apenas me inmutaba, pero después que ella lo convirtiera en hábito, me desconcentraba constantemente y el hecho me sacudía por dentro progresivamente; era inevitable sentir una rabia extraña entre el estómago y la garganta, un fuego caminante cada vez más voraz. ¿Por qué lo hacía?, ¿Qué encontraba en la vacilación de mover sus pupilas en esa dirección? No podía responderme, lo único evidente era su ausente esmero por oírme, muchas veces me quedaba callado a la mitad de una hazaña y fruncía mis labios a propósito mientras crecía inexorable la ira en mí. Ella seguía mirando.

El tiempo del silencio en su fantasmal casa nos volvía a ubicar en escena, ella a clavarme la mirada en los ojos como diciendo ¿en qué nos quedamos? -hasta parecía inofensiva, eso era lo más raro-  y yo sumergido en la duda de buscar atrás o no continuar. Así la casa crecía y se multiplicaba en su espacio y silencio, nos gritaba mensajes mayúsculos, a mí de contenida irritación y a ella de excitación quizá, no lo sé; hace poco llegué a pensar que no era culpa suya, sino el síntoma de algún tipo de locura que, advertí pero resté importancia.

Era mi compañera de primaria, siempre figura femenina solitaria, la recuerdo de niña tan igual a la de ahora, sin esta cercanía atroz. La encontré en un bar, después de muchos años, había variado en tamaño pero tenía la misma mirada angustiada e intimidante, creo que después de un par de bromas, logré que sonriera y eso me pareció un logro divertido. Empecé a salir con ella a pesar que no me gustaba tanto, podría haberme generado cierto morbo -no lo sé- su extrañeza, porque no era una mujer muy atractiva, tenía la boca grande y las manos masculinas, se bañaba con agua fría y su cuerpo era como el de un anfibio muy delgado, tenía la espalda acentuada a nivel de los hombros en la que se esparcían unas pecas por doquier -asemejando unas branquias bien dispuestas-. Muy seguido le daba calambres y lloraba de dolor por las noches. Alguna vez después de observar todo ello, pensé;  parece una mujer rana. Cuando aún no la aborrecía tanto, le ayudaba a calentar las extremidades frías, pero después empecé a sentir cierta satisfacción al escuchar sus lamentos. El eco en la gran habitación resonaba alegremente en mis oídos, hacerme el dormido y roncar en medio de su concierto doloroso, me hacía sentir vengado de todos aquellos plantones a mi barbilla.

Al fin, dejé de ir por el café y por el eco nocturno de los calambres, en el mundo exterior me esperaba mucho por vivir mejor y hasta encontré alguien más terrena y menos anfibia. Disfruté de la normalidad lejos de la mujer rana unos meses. Me fui a vivir otras historias, todas en el mundo real, me ayudé con la psicología, leí algunos libros de superación personal y hasta me asocié a un grupo maravilloso de emprendedores integrales. Tenía un lugar en la sociedad y sentí que me desintoxiqué de la pecera museo.

Una noche, sin embargo, desperté con un calambre extremo en cuyo cenit del dolor, por muy incomprensible que parezca, eché de menos a la mujer anfibia. Quizá lo que extrañaba, en realidad, era ese fuego recorriéndome el pecho y el silencio que sabía la dejaba en duda -aunque ella, perspicaz,  lo haya disimulado-. O simple, era la necesidad de vengarme infinitamente de su sola existencia, no lo sé. Fui esa misma noche y me recibió su cuerpo frío y sus ojos de angustia. Rompí el silencio hablándole de la gente terrena, del espacio que frecuenté en los que la gente puede lograr ser feliz, me escuchaba atenta, mirándome a los ojos, desposeída de la anterior que fue. Y lo mejor;  nada, ni un movimiento de ojos hacia mis dientes.

Un mundo de verdadera felicidad se abría ante mis ojos, me esperanzaba que ella nunca más bajara a mi barbilla, le dejé muchos libros, ninguno de poemas, todos para salvarla de su pecera. Quise que conociera un poco lo de fuera, luchara por un sueño o por muchos, que se sintiese libre como yo me sentía, como un ave. Me di cuenta que la quería, y que lo descubrí al relacionarme con otras personas para luego poder ayudarla.

Sin embargo, volvió en su mirada sobre mí; la obstinación de siempre, el cruento mirar fatigado pero embelesado por el tercio inferior de mi cara estaba ahora sobre mis ojos y con la misma intensidad, sí, esa burla infinita y las preguntas –todas sin respuesta- se instalaron nuevamente, también el fuego en mis entrañas, el andariego y vago odio que crecía enardecido. Mientras ella buscaba algo incierto, yo sólo quería matarla, pero juro que no lo hice. Yo quería cumplir esa misión en la vida, en su vida; salvarla, pero olvidé cada letra, palabra y libro. Toda la ira contenida salió de mí, no sé cómo, sólo atino a recordar que mientras le repetía que no la amaba, ella sonreía. Desperté hoy y me encontré entre sus sábanas rojas, rojas de la sangre fría que tuvo para matarse. La nota que dejó sólo demuestra el nivel de hipocresía y maldad que puede albergar un ser, quiere hundirme en su muerte, maldita suicida. El fuego y odio que ya no eran parte de mí, se multiplican, tanto como este silencio.

 

«Me quedaba sorda y veía tus labios.

No amaba lo que decías,

sino lo que eras.

Sabía que estabas despierto cuando lloraba,

lloraba por el café en vano,

por mi voz apagada.

Ahora sabes que lo mejor que te dio mi vida anfibia

no fue mi cuerpo frío sino el tiempo del silencio…».

Escribe: Milagros Melgar

Foto: Vivian Maier.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.