Sábado, 24 de Junio de 2017

Opinión | El mundo en quechua, por Fabio V. Figueroa

Colmunista: Fabio Venero [Arroba Noticias]

Caminando distraídamente por el centro de Río Branco, capital del Acre, en Brasil, entré a un minimarket buscando algún comestible, y grande fue mi sorpresa cuando en la sección de congelados, entre el pescado y la carne de res, encontré un compartimento lleno de bolsas de plástico transparentes, que contenían una materia durísima de un color vinotinto. En la superficie decía con letras azules enormes en portugués: Charque, carne bovina dessecada, salgada com sal não iodado. ¿Charque? Esos pequeños prismas colorados que parecían trozos de corteza de los árboles arrancados con las manos, no eran otra cosa que carne deshidratada para su conservación. Charqui, pues. Me asaltó la duda: ¿Se trataría del mismo charqui que en las cumbres de Los Andes, al otro lado del océano verde de la Amazonía, servía para el aprovisionamiento y subsistencia de los hogares campesinos? Sin duda se trata, sugirió la intuición. ¿Pero, cómo habría sido posible que aquel método andino ancestral de conservación alimentaria hubiera surcado el continente hasta alcanzar niveles industriales de producción en las capitales comerciales del Brasil, de las cuales ese producto provenía?

Otro día, en algún Walmart del condado de Orange, en Florida, mientras paseaba distraído entre los pasillos de curiosidades, unas bolsas de colores que llevaban escrito el título de Rain Ponchos llamaron de inmediato mi atención. ¿Ponchos? Sí, esos mismos que se compraban por cinco soles en el centro histórico de cualquier ciudad serrana de los Andes peruanos. Del quechua punchu, esa prenda en forma de rombo con una abertura en el centro, por donde se mete la cabeza, y ya sobra cualquier otra definición al respecto. Podrían haberlo traducido sencillamente como raincoat pero no, poncho le quedaba mejor. Entonces caí en la cuenta de que, más allá de la ya trillada y exhaustiva averiguación del listado de palabras que han trascendido de nuestras lenguas originarias al castellano peruano actual, y de cuyos ejemplos nos hemos hartado —yapa, calato, cancha, cincha, pampa, y un largo etcétera—, me di cuenta de que, en realidad, las contribuciones de una de las tres civilizaciones americanas más desarrolladas de la historia precolombina abundan generosamente en la cultura popular global hoy en día, con una influencia abrumadora, pero sobre todo, muy desapercibida.

Otro ejemplo notable, por no tocar el caso del maíz, que es común a toda la América, es el de la papa, que es un poco más nuestra. La papa, al igual que el maíz, el arroz o el trigo, es un alimento hoy universal. Ya contaba Verne en su novela P’tit-Bonhomme (1893), cómo la papa había llenado el enorme vacío dentro de la producción agrícola de los sectores más humildes de la economía británica del siglo XIX; vacío que los vegetales europeos no conseguían ocupar debido a las dificultades de su cultivo. La papa en cambio era un alimento de guerra, que crecía hasta en las más inhósptas e inclementes condiciones. No importa que alrededor del mundo se la conozca hoy en día con diversos nombres, la mayoría de ellos producto de inexactitudes documentales de la época colonial, como el caribeño término batata; lo que realmente importa es que el Perú antiguo constituyó uno de los más importantes focos de domesticación de plantas comestibles a nivel global, y legó un importante patrimonio biológico a la humanidad entera. Porque aunque la inmortal Violeta Parra atribuyera erróneamente, en su canción Al centro de la injusticia (1966), la procedencia de este tubérculo andino al sur de Chile, lo cierto es que de su verdadero origen no queda ya vigente ninguna disputa: investigaciones arqueológicas han demostrado que la Solanum tuberosum fue domesticada hace alrededor de 8 000 años por los pobladores del altiplano andino. La papa es, en consecuencia, originaria de los territorios actuales del Perú y Bolivia.

Me puse a pensar también, por ejemplo, en aquella memorable tarde de mayo de 1886 en que el Dr. John S. Pemberton, farmacéutico temerario y ligeramente chalado, buscando hallar un remedio para la indigestión a base de nuez de cola y hojas de coca, tras enterarse de las bondades que al estómago ofrecían estas últimas; sintetizó por accidente la fórmula original de la Coca-Cola, hecho que daría lugar al nacimiento de la marca más universal y comercialmente exitosa de la historia del capitalismo. Averiguaciones superficiales y de carácter poco científico —Wikipedia— confirman mis sospechas: la etimología de Coca-Cola no es otra que el vocablo quqa del quechua sureño —del que procede también, aunque no tan célebremente, el alcaloide cristalino Cocaína—. ¿Alguien había pensado que sobre los letreros luminosos que relucen tanto en el Times Square de Manhattan como en el negocio de la esquina de, virtualmente, cualquier ciudad, pueblo o aldea del mundo contemporáneo, está escrita una palabra en quechua? Es probable que algunos sí, se me ocurre, como también es probable que muchos otros no.

En cualquier caso, lo único que realmente importa en esta columna de opinión, es dar a conocer al lector la importancia de saber lo que su propia cultura autóctona ha aportado a la humanidad. Motivos de sobra sin duda, en estos tiempos de Estados capitalistas y fronteras humanas, para sentirse orgulloso de ser peruano. Porque si usted mantiene una conversación con un francés educado y dirigen su charla hacia asuntos históricos o políticos, es improbable que su interlocutor no termine exaltando los valores que ha legado su propia nación al mundo: tarde o temprano presumirá de sus Liberté, égalité et fraternité que heredamos el mundo entero a partir de la revolución política más importante de la historia. Y si con un estadounidense culto, más rápidamente incluso terminará jactándose de haber su país reinventado las modernas nociones de Libertad, República y más recientemente Democracia. Así pues, el peruano culto debiera tener siempre a la mano sus recursos de defensa y exaltación de lo propio frente a lo foráneo. Es un menester cívico del ciudadano añadir más elementos notables a este elenco de ejemplos, puesto que la lista es larga y, con toda seguridad, no termina aquí.

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