lunes, 21 de mayo de 2018

«Carta a la señorita Syn»

«Carta a la señorita Syn»

 

“Una flor no lejos de la noche,

mi cuerpo mudo se abre a la delicada urgencia del rocío”

Alejandra Pizarnik

Delicada urgencia que tengo, señorita Syn, no me juzgue, es tan solo una delicada urgencia de él. La angustia me está comiendo el pecho y no puedo sino respirar con dificultad para dar suspiros largos e intermitentes en un tiempo que no se consume. Todos mis pensamientos, señorita Syn, están asociados a tener cerca de mí a su marido.

Encerrada entre las pálidas paredes de mi habitación, me siento como madame Bovary sin poder aún hacerle justicia a la belleza y a su poder, siento el tic tac del reloj antiguo que me está  sepultando, sí, el tic es una ruma de tierra que cae sobre mí como las miradas de los hipócritas puristas, los fanáticos religiosos, las mojigatas, el clero pederasta, las mujeres y hombres moralistas y el tac se burla de mis entrañas y de lo que cabe en ellas de pasión desbordada, de un paroxístico calor entre mis piernas, de mis ganas de amarlo todo. Así resuelvo, señorita Syn, que para lavarme esta enfermiza ansiedad debo tener a bien escuchar las finas melodías que su marido hilvana en el aire con su saxo, pero ha de ser muy cerca, para cuando él le haga el amor a la música, yo le corresponda con ese mismo ímpetu en mi cama.

No se altere con esta misiva, él a usted la adora, le brillan los ojos cuando habla de su amada Syn, pregona en el infinito horizonte que la perfección es usted, su nombre dulcísimo, cejas del cielo, sonrisa iluminada y todos esos increíbles adjetivos que les gusta oír a las mujeres. Yo siento celos y risa, él puede amarla pero sé que exagera, y lo hace porque sabe que lo quiero. Es ese extraño impulso que tenemos los egoístas por presumir de nuestro amor hacia otros sabiendo que el que escucha siente algo por uno. Él sabe que no lo tendré, no plenamente, pero vivo con eso a pesar de mi egoísmo. Tenga a bien tomar mis palabras, señorita Syn, para sentirse tranquila, el universo que habitamos lo ha designado todo, no hay nada por escoger, en esa esfera nos movemos, usted la bien amada, él —ya sabe, él es lo que el amor significa— y yo al final del pasillo, su amante.

Sin embargo, recalcitrante, así como usted para ponerse en armas —las mejores de una mujer— así también yo voy a pelear por él, representando el lado rugoso del espejo, lo mejor de la vida. Mientras usted es elegante y fina con sus maneras de andar, de comer, de vestir con sus pilchas europeas, yo me esfuerzo por resaltar también con exquisita elegancia mis paseos a caballo, mi comida de rancho y por supuesto las sensuales y diminutas prendas que le fascinan a su marido, no son francesas, pero le pertenecen a sus dientes afilados.

Y si usted es té y colores pastel, yo soy una fría cerveza y luces a todo color, no se ofenda señorita Syn, usted quizá nació para ser el yin, un tejido aburrido, un bordado religioso y yo para ser la musa erótica de su marido, el yang; vuestra némesis. Usted ahogada en su círculo social purísimo, cuidando las formas, yo jamás subyugada a ello; si estoy ahogada es porque no viene su marido. Yo no tengo dinero, pero lo consigo muy fácil, usted en cambio es la joya más valuada de su palacio, como un adorno muy bonito, la diferencia es que yo soy carne y usted porcelana.

Usted lo ha secuestrado, señorita Syn. Es cierto que la ama, pero a mí me desea; es cierto que usted le plancha la camisa, pero yo se la quito con afán; sé que usted le oye en el concierto como todos —como algunos idiotas que bostezan—, mas yo le oigo en mi cubículo, henchida de gracia; si existe un paraíso, son esas notas musicales, ese pentagrama en el que me retuerzo de placer. Usted se lo prohíbe en su alcoba, y yo lo aliento en la mía; usted lo tiene todo, y yo lo único que tengo es a él. Así que señorita Syn, abra la maldita puerta y déjele salir, con su saxo, con su frac, con esa segura urgencia por cruzar la absurda y delgada línea que nos separa, sea libre la música, sea libre el amor. ¡Sí!, señorita Syn, me enamoré, me enamoré de su marido.

Escribe: Milagros Melgar.

 

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.