lunes, 21 de mayo de 2018

«Candelaria»

«Candelaria»

«Ah, vida,

¿y no tendrás al fin una sonrisa de cariño,

ni otra niña más que esta para darme?»

Dante Gabriel Rosetti

Después de la advertencia del chamán en aquél pueblito llamado Cajas Reales de Chucuito —lugar que nunca debí pisar—, el proyecto documental que vine a realizar al Perú se suspendió de manera drástica. De hecho, mi propósito de viaje cambió de manera increíble, vertiginosa y, diría, alarmante. No sé por dónde empezar. Parece una película de terror que se empieza a rodar en este instante, cuando el narrador empieza a presentar al protagonista que soy yo: un ser vulnerable a esta cultura extraña o en todo caso al majareta cuyas demencias me tienen cogido de los testículos, obligándome a secuestrar a una chiquilla, una joven que seguro tendrá una suerte muy negra.

A ver, Antonio, no sé por qué le creíste tanto al viejito huaso, aquél poder de convencimiento de sus ojos exangües, chiquitos, casi inoperantes, te tienen ahora en un bus directo a Puno, en  busca de una aventura de ridiculez. Te dejaste timar en tu cara, eso es lo inaceptable. Me dejé atemorizar. No puedo entender cómo dejé mis cosas a cargo de mi amigo, el Fede y a este a cargo del chamán. Bueno no quiero pensar que esto es parte de un secuestro o que dejé en prenda a una persona para recuperar mi vida de vuelta, ¡no! Quiero creer que es un trabajo sencillo y sobre todo que la recompensa llegará casi rápido. Además hay una ventaja, que ese cara de raja del Fede está muy borracho y quizá hasta que despierte, yo ya habré desatado la madeja. Traigo a la minita, recupero mi libertad, mis cosas y al Fede, en ese orden.

Pedí hacerle una foto y accedió con naturalidad, desenvolvió sus brazos y los abrió al saludo del viento, su pelo desordenado caía con desenfado entre sus ojos brillantes. Disfrutamos de las albas en la cima del cerrito Huajsapata, al latido del bombo incesante del sikuri. El frío me hacía frotar las manos, yo calentaba mi garganta con pisco puro y mientras la fogata crecía, también la impaciencia. La observé toda la noche, ella me correspondió un par de veces con miradas fugaces, pero el dilema me ponía un freno, no fue hasta después de algunas horas que me atreví por fin a retratarla como excusa. La mina estaba muy bonita a pesar de la trasnochada, había nacido la luz del sol en sus mejillas, madurando sus suaves colores.

Me prendí de ella, de ese instante. Permanecí inmóvil. Pensé ¡qué bendito dos de febrero! No terminaba de bautizarme de entusiasmo cuando al instante un puñal me traspasó la memoria: recordé al chamán y las características de la mujer que quería Esas malditas exigencias a las que no presté atención, ahora eran preocupantes listas que cabrioleaban en mi cerebro. Ella me sonreía y la voz del loco en un vívido recuerdo me robaba la alegría, fue tan fugaz tener en frente tal lindeza puneña que hasta me pregunté ¿acaso un amor?, ¿acaso volveré a la Cordillera?

Una opresión más fuerte que el chamán, que mi situación de potencial secuestrador y de incluso hombre moribundo, me invadió cuando vi que ya se iba rodeada de un grupo de gente. —Ey, chiquilla, ¿tu nombre? —le grité. Se volvió a mí y me dijo: Candelaria. Recordé en su mirada a Leticia, pero sin el alma cruda y perniciosa de mi mujer. Gracias a este recuerdo fugaz e inevitable se colaba por cada poro de mi piel mi querido Santiago. Cuánto deseaba estar allí, despertando de esta pesadilla y tomándome una cerveza con el Fede en aquél barcito Bocanaris en el barrio Lastarria, en algún parque de Bellavista o donde sea. Todo sería mejor que estar en mis zapatos.

Ana Moura canta Gaviota en los audífonos sueltos mientras el corazón de Candelaria se hace dueño de un tiempo extraño al mediodía sin sombras y sin pumas de piedra, un potente latido no le permite respirar bien. Candelaria se había entusiasmado con el fotógrafo en las Albas de la Virgen y lo había acompañado a este pueblito: Quedó encandilada con la barba y bigote. Disfrutaba de esa particular forma de hablar que tienen los chilenos, pero sobre todo de las historias que le iba contando Antonio desde que bajaron desde el Huajsapata hasta las orillas del lago Titicaca.

La había convencido de venir hasta la casa, después de todo fue bueno confiar en un conquistador que —estuve seguro— era Antonio. Noté su semblante y a pesar de mi restringida vista, imaginé sus artes en el repetido blablablá. Pero a mí no me engaña,  por encima de eso, es un tipo tocado, morboso. Quiere material.

—Ya pues, graba —le dije.

Antonio se quedó afuera por un instante. Su cara estaba pálida y era muy hilarante para mí descubrir que se había medio enamorado de la warmi, felizmente no le di tiempo y temblando, cogió el aparato y comenzó a registrar. Sentí contaminado el aire pero la Pachamama no me había pedido dos pagos, una lástima. Sólo bastaba Candelaria.

Pude sentir cuando la niña me miró; la creciente parálisis de sus músculos, los líquidos de sus arterias, venas y arteriolas detenidos cada vez más, el temblor involuntario de sus manos dibujando una escena eterna de asombro. Toda su piel puntillada de escalofrío, como los pájaros de invierno, como el animalito más susceptible. No tardó el grito de sus ojos en resbalar por ríos de lágrimas. Entonces me acerco y succiono su belleza, su juventud, su vida, ella está sin conciencia. Me da poder su extinción a cada segundo. Saciado ya, doy media vuelta, escucho cómo pasa con dificultad la saliva y sale de la habitación. Debo admitir que lo he gozado, su cuerpo no me importa ya, es como una gallina sin cabeza. Cuento los segundos. Su cuerpo se remolca cada vez más rápido, va rodando como una madeja de paja por el estrecho camino. Es una huida inverosímil: va levantando el polvo con sus zapatillas hasta que —al igual que su pelo—, las hileras arremeten veloces en el aire hasta enredarse, luminoso destino para dejar caer su cuerpo menudo contra la tierra. La fuerza telúrica es un abrazo eterno, la tierra no la suelta más. Y yo he cumplido.

—Gracias, muchacho, te puedes ir —le digo.

—¿Quién eres?

—¿No lo sabes?

Fui a la cámara y revisé, mientras temblaba toda mi humanidad. No encontré nada, sólo las fotos del amanecer. Me sentí triste y fracasado de no poder plasmar esa belleza ya extinta, y tampoco el pago. El miedo me apuraba en salir de allí, coger mis cosas, despertar al Fede y huir lo más lejos de aquél lugar y de aquella historia.

—¿Cómo sabes que no diré nada?

El chamán carcajeaba después de la pregunta, un instante después endureció la mirada y la clavó sobre el joven, señalando con aire de batuta su dedo sobre el pecho tembloroso:

—Antonio, sólo fuiste un mediador.

— ¿Y tú?

Me llaman el Kharisiri.

 

 


Sikuri: un género de música propio del altiplano peruano boliviano.

Warmi: mujer.

Pachamama: madre tierra.

Kharisiri: personaje mítico y maléfico, causante de enfermedades consuntivas.

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.