lunes, 21 de mayo de 2018

«Arcoíris»

«Arcoíris»

Se me presentó el nombre de Alex Klein cual revelación religiosa. Mis ojos se abrieron más y más con afán desesperado para encontrar en esa maleza verduzca la fecha de presentación. Respiré aliviado al repasar deliciosamente: “diecinueve horas, día 1, Orquesta Sinfónica, Monasterio de Santa Catalina”. Me llevé las manos a la cabeza con una sonrisa que nadie podría apreciar más que el mismo afiche, los símbolos extraños que este contenía o mi ángel de la guarda. Nada mejor para empezar octubre —me dije. Nervioso constaté mi aparato telefónico que tiene una agenda y tras limpiarme las manos del sudor anoté, con aire parsimonioso, mi cita con el oboísta brasilero. El arcoíris volvía a mí.

Pensé en separar el anuncio de la vieja puerta de la biblioteca, aún con el riesgo de que me descubran; sin embargo, mi real excusa de no hacerlo frente a mi cotidiano acopio de afiches de la ciudad es que en particular no me gusta ese color verde pantano, no lo podría soportar en mis manos. ¿Por qué elegirían ese color?  ¡Tanto contraste! Y esas figuras, trazos simulando unas notas musicales y un pentagrama, qué suma de mal gusto todo. Lo comercial invadiendo el arte, si trabajan para el arte ¿por qué no se permiten hacerlo por un momento?; ¡señores publicistas ese verde no es arte!, no para el fondo del maestro Klein.

Nadie me oye mientras camino y yo idealizo que sí, que cada persona extrañada y con cara de asco al verme balbucear, interpreta el daño que me hace el mundo con estas simples cosas. Es mi vida a medias; la mitad arcoíris y por desgracia el resto verde. No obstante, a mi favor el arcoíris es creciente ahora, cual bestia que se va haciendo hombre y en cada paso se transfigura a su futuro colorido inmediato: el concierto.

Mi quartz me informa que son las 10:10 a. m. Sonrío de medio lado porque es signo inequívoco que camino en sincronía. Si bien haya mermado poco el angustioso verde candil que he ido, sin querer, comparando en el camino con unos zapatos de arreglos barrocos que arañan desde lejos el paisaje límpido de una vereda; deben ser los de esa tal Sol, la nueva mujer de mi padre.

“Nueva mujer” —carcajeo y mientras el eco truena en la calle Pizarro. No me arrepiento de ser protagonista de las miradas de los transeúntes, decir nueva suena tan estúpido, si ella lo es, la anterior siempre será la vieja y por ende la olvidada. Ella lo sabe, quiere gritarle al mundo que es la nueva. Celebra la viudez de mi padre, sentada afuera de la fuente de soda, exhibiéndose como un paquete que necesita venderse. Ahora como toda la gente, de igual forma –o peor–, me clava los ojos. Su mirada gatuna me da náuseas al igual que el letrero –también nuevo– con ese vomitivo “Sol de Soda”. ¡Vaya!, el sol verde de Ponciano. Sigo carcajeando.

Inevitable identificar al llegar a casa el mismo desgastado verde en los aretes de Andreína. No encuentro explicación al desenfado de combinar ese tono con el rojo de su vestido y el negro de su correa. Estamos de locos, vamos a vestirnos todos como duendes de Papanoel. Adelantemos la tradición navideña a octubre, con villancicos y hasta tecnopor como nieve, la indecorosa magia. Casi afligido de mirar a mi Andreína salgo de la pieza también un tanto molesto, pero decido perdonarla porque me sonríe siempre que volteo su foto. Cualquier desorden en mi cabeza podría arruinarlo todo, así que hoy no debo dejar que nada me perturbe hasta las diecinueve horas que empieza el concierto.

Por la tarde, empero, aún el verde me carcome el pensamiento. El tío Bernardo había llegado de Santiago de Compostela con una corbata chillona, y ¡sí!, es verde. En el saludo no pude quitarle la mirada de encima y casi no le doy la mano correctamente, el tío lo atribuyó a su reciente ceguera, su tema reiterado del viaje. Yo estaba fastidiado en el lonche, no tanto por el discurso del tío Bernardo como por su corbata tan llamativa, el nudo había sido elaborado sin mucho esfuerzo, se notaba, había una asimetría escandalosa y el tamaño de la corbata llegaba a justas penas a la línea imaginaria que une las dos tetillas. Mala confección, mala elaboración del nudo y sobre todo una violación a la elegancia del vestir, ese verde no encajaba, pero el tío se había propuesto enmarcarlo con insania para mí.  No podía comer, concentrarme en las quejas del tío, o ser amable con el resto de comensales. Para mi mala suerte, seguro no podría centrar mi mente para el concierto de aquella noche, recordando cada detalle de su aberrante corbata.

El ingreso era libre de modo que me acomodaría muy bien llegando con una hora de anticipación. Preparé el terno y la camisa blanca que la esposa (vieja) de Ponciano me regaló en mi boda, luego me atavié con zapatos charol, medias negras y bufanda gris. Metí en mis bolsillos las llaves, el reloj, dos ansiolíticos, el inhalador. Llevé conmigo también mi escapulario infernal de primera comunión (doña Matilde no pregunta hasta que ya lo llevas puesto en el pecho; no quise desairarla pues ella es la maravilla de lo no común, parte de mi arcoíris, mi madre).

Ingresé y no pude sentarme en primera fila porque las incompetentes autoridades de la ciudad tienen la prioridad, como si supieran quién es Alex Klein. Si acaso les importara tanto como a mí y desmenuzaran la música en los laberintos del oído como yo. Eso es imposible, no tienen idea siquiera de lo que compone una sinfonía, no saben quiénes son Strauss, Mozart o Haydn, no saben distinguir entre una flauta y un oboe pero los malditos tienen asientos reservados.

De los veinte asientos todos vacíos de adelante, solamente había uno ocupado apenas faltando quince minutos para el concierto, este único hombre sentado era un gordito cuyo bostezo me desesperó, sin embargo, lo primero que creí dentro mi arcoíris es que no todos son iguales, por lo menos había demostrado el valor de la puntualidad. Mi esperanza fue que el gordito admirara al maestro, quizá ya antes lo habría oído, ¿y si tan solo vino a su concierto conociendo tanto de Klein como yo?, quizá podríamos tener una conversación rápida pero constructiva sobre lo que sería el repertorio del concierto según su experiencia o la mía, ¡qué fascinación! Pero no, mi vaticinio se echó para atrás cuando su cuello hizo lo propio y de inmediato abrió las fauces para dar pequeños ronquidos. En ese instante para mí el cándido gordito con posible buen gusto musical se transformó en un ampuloso gordo sucio, ignorante del arte y amante de la cómoda política, un parásito que me robaba la inspiración y el aire dentro de ese lugar. Pronto su imagen era una figura obscena que quise desaparecer de mi vista, pero era imposible.

El afiche grande al lado del estrado me obnubilaba. El verde ese otra vez, más brillante que nunca sumado al hecho de ver dormido a ese gordo estaban perturbando mi arcoíris. Casi no tuve ganas de quedarme pero de súbito me repetí: “Es el maestro”,  “Es el maestro”, y me concentré en las melodías que oiría a continuación, después de todo ya faltaban tan solo nueve minutos.

Me sudaba la espalda, el cuello, los pliegues, acomodé mi corbata muchas veces. Pude sentir piloerección en mis extremidades seguida de un espasmo increíble al ver allí tan cerca al fin al maestro. Yo estaba fascinado con el porte, la elegancia, la desenvoltura con la que se disponía a dirigir la orquesta, elevó su airosa batuta iniciando la serenata en MI bemol mayor para trece instrumentos de viento.

Cuando me disponía a trascender a otros niveles, la realidad absurda me sentó de golpe en la silla, los ruidos ajenos me bajaron del arcoíris, las sillas no paraban de crujir: los zapatos incesantes de la gente que llegaba tarde se arrastraban en el suelo, con osadía por allí unos tacones se hacían dueños de mis pesadillas. Llegaban a sus asientos de primera fila alegres de su impuntualidad, se reían al sentarse con la persona de lado, y lo que es peor comentaban —seguro estoy— cualquier tontería con la misma risueña e hipócrita careta.

No tardó mi amigo el gordito en despertar y volver a caer en la ridiculez del sueño incontrolado. Mi suerte lastimera no podía ser peor: tres damas habían coincidido con traer puesta la ropa de mi color favorito, ese verde que me recordaba pronto a la corbata del tío Bernardo, los aretes de mi mujer, los zapatos de Sol, empecé a trasudar más pero de rabia, ¡no podía estar pasando todo esto!

Detrás de mí oía voces de jóvenes a los que poco les importaba el Andante de Richard Strauss. Sus impudores se colaban por mis oídos, los infectaban, y sus risas erizaban mis nervios. Yo empuñaba mis manos y respiraba profundo anclado en mi condena, empecé a sentir bochornos en el cuello y en la cara, poco me pude concentrar en la maravilla musical que estaba sucediendo tan cerca y a la vez lejos de mí. En medio de mi consternación tras buscar una explicación a mi lado vi a una jovencita que tecleaba el aparato celular. Mientras lo hacía, sonreía. Después de unos segundos el monstruo telefónico emitió un estruendoso sonido y ella, traviesamente mientras reía como una prostituta infantil, se atrevió a contestar la llamada. Por si fuera poco, le indicó a su interlocutor que estaba en un concierto “aburrido”. Quise matarla en ese mismo instante.

Otra vez me vi arrastrado por la bazofia de lo común: ser el encierro sin música, la soledad de una bestia sin bella, el sello de la orfandad en la que me dejó Matilde y la indiferencia de Ponciano a este resultado; un piantao, un orate, sólo un triste loco. No pude más, me paré y grité con todas mis fuerzas, como la exhalación última. El maestro ni se inmutó, el concierto seguía, no pude disculparme siquiera. Caminé hacia la puerta y permanecí allí, dubitativo, avergonzado. ¿No era ese el lugar de mi arcoíris? En algún otro sitio estaba y no me quedó más que salir a buscarlo.

No había paso a mi habitación, todos estaban afuera muy consternados, tanto que cuando yo pasé, no chistaron. El tío Bernardo —que estaba en el dintel— explicó a la sirvienta que se tapaba la boca con las manos: “se ha suicidado, con mi corbata”.

Horrorizado al ver mi cadáver sobre la cama, lancé un grito estrepitoso e inhumano y aunque Andreína me susurraba tiernamente: “Nadie te oye”, sentí que a todos allá afuera se les contraía la piel. La busqué en toda la habitación, no la encontré más. Volví hacia mi cara y sentí desvanecer después de ver aquellas malditas esquelas funerarias alrededor de mi cuerpo, todas en color verde; “día 1, diecinueve horas”. Quise huir despavorido a ninguna parte, pero Matilde, mi madre, me tomó las manos y me dijo: “vamos a rezar, por tu alma”.

Escribe: Milagros Melgar.

 

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.