domingo, 16 de diciembre de 2018

«Aquellos gnomos de tu casa»

«Aquellos gnomos de tu casa»

Al fin soy tuya —le dijo después de botar el humo del cigarro lentamente. Satisfecha después de la faena amorosa, no dejaba de pensar en lo afortunada que había sido los últimos trescientos treinta minutos, cálculo propio de su mente retorcida. Él estaba adormilado, no muy consciente aún. Las espirituosas bebidas que había compartido con, nada más y nada menos que, Teresita Aramburú habían transmutado la lucidez de su larga noche en un estúpido letargo alcohólico que, al pasar de las horas, se convertiría a su vez en arrepentimiento. Y es que ese volcán de melindrosa persuasión que representaba Teresita, no había detenido su voraz calentura hasta acostarse por fin con el novio de su hermana.

Hernán, al despertar y caer en cuenta de ser el protagonista de tal infidelidad se vistió de manera inmediata, ignorando la expuesta desnudez de la hermana de su novia, rechazó la invitación a bañarse con ella y frente a la procaz elocuencia de su interlocutora se limitó a los monosílabos como respuestas; eso sí, antes de marcharse, le prohibió de manera enfática vociferar palabra alguna del pecado en el que acababa de resbalar estrepitosamente él, y en el que tanto se había regocijado ella.

El peso del color incendiario del sol matinal en medio del tránsito caótico que se estrenaba en la ciudad caía sobre los pasos de Hernán, las cadenas de la conciencia se arrastraban con su miserable humanidad. Básicamente no entendía cómo Teresa, una de esas mujercitas populares que al pisar la calle tenía puesto el sello de lujuria en la frente y un litro de alcohol en el cuerpo, habría podido envolverlo hasta ese punto. En la casa Aramburú, Teresa sorprendía, por supuesto no tenía la pinta de una hermana y como una suerte de perversa actriz a ratos parecía un huésped maligno con reojos de odio, un gen aparte y al instante un quiebre, una niña de voz tierna que se tomaba fotos en cada rincón.

Hernán representó un trámite tedioso y prolongado para la ninfómana, no solamente porque Gabriela fuera su hermana sino porque tenía que lidiar con las escenas románticas que ellos protagonizaban desde hace meses que el novio se había puesto interesante para la escurridiza mujer, sobre todo en las semanas últimas que, por aquello del matrimonio, Hernán visitaba todos los días la casa Aramburú. Teresita vislumbraba el poético filme y deseaba ser parte de él, envidiaba frenéticamente cada movimiento de ambos, esa simbiosis que parecía lazarlos en un destino perfecto. La morbosa cadena unía los eslabones siguientes: Teresita apetecía la suerte de Gabriela, los celos hacían que, tras ponerse húmeda, se masturbe y su trastocado deseo aumentara cuanto más prohibido se imaginara a Hernán en episodios eróticos. Alberto, Miguel, Javier, Carlos, presas fáciles de Teresa ayudaban a aplacar sus fiebres, calmar su necesidad patológica llegando al clímax de sus propios límites, sin embargo, era Hernán quien se convertiría en su obsesión favorita.

Después del primer revolcón en aquél motel del jirón Jorge Chávez, Teresa utilizó todas las armas de seducción, frente a las cuales Hernán en un principio mostró un rotundo rechazo, alergia que hizo que Teresa fluyera con ímpetu en su tarea más imposible, logrando con despuntado cinismo, chantaje y, por supuesto, fármacos ansiolíticos que Hernán terminara por ceder y así continuar los repertorios amatorios una y otra vez en el mismo aposento: una vieja casa pintada de amarillo cuya entrada dejaba ver extraños gnomos de yeso circundando los jardines de rosas secas —escondido y de buena suerte—,  decía Teresa.

La noche anterior a la boda, por increíble que parezca, Teresa lo había logrado una vez más: la portera del lugar, Julia, quien además les proporcionaba “quetes” de felicidad, les abrió la puerta como siempre, sonriente y cómplice. Por el desatado y habitual torbellino que provocaba la excitación en aquellos momentos, Teresa obviaba la expresión de la anciana, las sombras y la subida carga etílica en sus venas no le permitían interesarse. El estúpido de Hernán tan subnormal como su amante, tampoco se había percatado de las caretas de la alcahueta.

Aquella noche los ojos de Julia iban excepcionalmente cargados de misterio, esas ventanas añejas de cataratas y poca agudeza que le servían para escanear a sus visitantes y luego saborear con exquisitez del chisme con sus vecinas. Ya conocía a quienes preferían su hospedaje para el escenario de sus bajos instintos, conocía a Teresita desde antes que llegara con Hernán, había descifrado muy bien de quién se trataba, la venía observando con cautela y con delicia hasta que llegase el día en que se atreva por fin, a resolver lo imperativo del trabajo —sucio—, ese otro que no tenía que ver en absoluto con ser la portera de un mugriento lugar.

Tuvieron una actividad libidinosa desbordante. Sería la última noche con Teresita, Hernán así lo había decidido, pero era tarde: Gabriela lo sabía todo, se lo hizo saber el registro de numerosas llamadas que no había respondido y el mensaje de texto a medianoche. De manera vertiginosa se incorporó del cuerpo caliente de la mujerzuela y abandonó la habitación, Julia estaba frente a la puerta, sentada en su silla de latón, tejiendo uno de aquellos oscuros chales que le cruzaban de hombro a hombro. La escena le pareció intimidante tratándose de la hora y del panorama que observaba, pero el asunto importante era otro, azuzó en la bandeja de mensajes y releyó aquellas líneas lapidarias una y otra vez: “No me casaré contigo” firmaba el largo texto. —Putamadre —se repetía empuñando el aparato telefónico, desesperado corrió hacia la salida pero estaba cerrada, cuando dio media vuelta no halló a la anciana y llamó varias veces sin éxito.

—Vieja de mierda —increpó. Un pensamiento entonces le atraviesa: debería advertirle a Teresa que su hermana ya estaba enterada de “algo” entre ellos, que apenas saliera iría a arreglar el asunto como pudiese y que, por supuesto, se daban por terminadas aquellas sesiones carnales, así como el lugar ese, incluyendo a la bruja portera que le había inspirado un miedo inexplicable en los últimos instantes.

Decide entrar y en la habitación no está Teresa, busca en el baño, quizá la encontraba en su interior, dormida, pero ahora Hernán no reconocía la habitación, se veía distinta, la luz había cambiado, el color de las paredes, los cuadros tenían figuras obscenas moviéndose en ellos. Se sintió mareado, se sentó en lo que parecía ser la cama, pero cayó al piso, puso las manos en él, sintió un líquido caliente e inmediatamente miró sus manos llenas de sangre, saltó de aquél sitio y al ver el suelo rojo, gritó horrorizado, los cabellos de Teresita se confundían con la sangre y el cuerpo habría de estar debajo de la cama.

Hernán quiso salir de allí corriendo, pero la puerta estaba cerrada y las ventanas también. La luz se ponía cada vez más tenue, y él seguía tan mareado que iba dejando las paredes como cuadros impresionistas, con las marcas de sus manos sangrientas. Al darse cuenta, se limpió en el pantalón, cogió el cobertor y nervioso trató de limpiar esas figuras, era inútil. Se intranquilizaba más con el pasar de los minutos, todo parecía ser parte de una pesadilla. Empezó a gritar a la vieja de allá afuera, pero no había respuesta. La luz por fin se había ido y en el patio la vieja lámpara alumbraba agonizante a la ventana. Desesperado gritó y suplicó salir de allí. Teresa yacía muerta en el suelo y los cuadros obscenos tenían su rostro, la cara blanquecina de su amante con tremenda risa sardónica se regocijaba ante los atemorizados ojos de Hernán, una miseria de hombre ya. Exasperado y sin salida empezó a llorar y correr dentro de la habitación de un lado a otro, golpeando las paredes. El trance se hizo aún más espantoso y estremecedor cuando una voz metálica se cargaba desde el fondo del piso: «Tú me mataste». El horror hizo temblar a Hernán al borde del colapso, bajó los ojos con el temor más grande de su vida, una criatura indecible miraba con repugnancia, parecen los ojos de Gabriela. De repente, bañada en sangre, saltó sobre su pecho y con las dos manos y con fuerza sobrenatural, estranguló al infeliz, quien veía espeluznado los ojos llenos de odio de una Gabriela que, gritando no cesaba en su furia: «Tú me mataste, tú me mataste…».

El diario local informa que los amantes se han suicidado, la dosis de metanfetaminas y arsénico en polvo que Julia le había regalado a Teresa, la noche anterior, había funcionado. La vieja sonríe con extrema complacencia y cierra el diario.

Escribe: Milagros Melgar.
Foto: Yoshihiro Tatsuki.

 

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Sobre el autor

Escritora y fotógrafa puneña, columnista de opinión y guionista. La literatura ficcional en sus cuentos de oscuros personajes maneja un lenguaje sugestivo, dramático y muchas veces perverso.